Ella lo sintió: los golpes en el cristal de la ventanilla y luego en su rostro, la navaja apuntándole al cuello, el jalón de cabellos para sacarla del vehículo, arrojándola al pavimento del bulevar Río Nazas y la Salvador Creel; luego, la huida a toda velocidad del cholo al que jamás volvería a ver… ni a su vehículo. Los golpes no dejaron huella física, pero sí una profunda cicatriz en la memoria, en el alma y en el corazón. El hecho quedaría como una estadística más, una investigación más archivada en el escritorio de la Delegación de la Procuraduría General de Justicia de Coahuila.

Él lo sintió: el impacto de la bala en el antebrazo derecho y el jalón para arrebatarle los 30 mil pesos por uno de los dos tripulantes de la motocicleta en la que lo asaltaron en el estacionamiento del banco de la Hidalgo y García Carrillo, aquella mañana de martes. Los asaltantes huyeron con el botín y ninguna de las corporaciones encargadas de la seguridad de los torreonenses logró impedir el atraco ni detener a los delincuentes; la herida del antebrazo sanará pronto, no así la herida emocional que no cerrará nunca y el impacto psicológico dejará una profunda huella difícil de borrar.

Pero la cicatriz en la memoria de ella y la herida psicológica de él no quedarán plasmadas en los registros oficiales: para las autoridades cuentan las cifras, no las emociones; los montos de lo robado y no la tranquilidad arrebatada que ya no se podrá recuperar; el número de vehículos que, con o sin violencia, les fueron despojados a sus propietarios y, de ellos, la cantidad de los que pudieron ser rescatados. Pero no se levantará un acta del miedo al peligro latente, del insomnio e incertidumbre, de la sensación de vulnerabilidad e indefensión, de la rabia e indignación.

Los discursos del presidente, el gobernador, el alcalde y el jefe de la policía, presumiendo la baja en los homicidios, en los robos a hogares y negocios, en los asaltos callejeros, secuestros y demás, las víctimas de la delincuencia en cualquiera de sus formas, se escuchan como una burla a la desgracia y se sienten como una bofetada al maltrecho estado de ánimo, una ofensa a la inteligencia y una humillación a la dignidad, contribuyendo a la devaluación de la, ya de por sí, deteriorada autoestima, aunque todo esto no tiene la menor importancia para las estadísticas oficiales.

Los funcionarios públicos piden objetividad a los medios de comunicación; sin embargo, como decía Gabriel García Márquez, ésta tiene que ver con los objetos, mientras que la subjetividad tiene que ver con los sujetos, por lo que el periodismo, como una actividad humana, debe ser subjetivo, no objetivo; adentrarse en las profundidades recónditas del sentir de las personas, más que en la frialdad del dato o la cifra, porque para el ciudadano que padece el azote de la delincuencia, más importante que la cantidad de los delitos, es la calidad de sus repercusiones en sí mismo y en quienes lo rodean.

Mientras que los seres humanos sean para las autoridades sólo simples estadísticas que varían con los vaivenes de los índices delictivos que se empeñan en reducir con cifras que, cuantitativamente, podrán corresponder a la realidad, pero cualitativamente, su impacto psicológico y sus consecuencias personales, familiares y sociales no tienen forma de ser medidos, va a ser muy difícil romper con el paradigma que “cosifica” a las personas en aras de una mal entendida objetividad, porque las víctimas del delito… no son objetos. ¿A poco no…?

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