¿A poco no te has preguntado cuál es el límite de tolerancia de una sociedad agraviada por las decisiones, acciones y omisiones de su clase política? ¿Hasta dónde se pretende estirar la liga antes de que reviente para comprobar la capacidad de resistencia ciudadana? Quienes tienen en sus manos el destino del país deberían tomar consciencia de los excesos en que incurren sin importarles los millones de mexicanos pobres, desempleados, sin acceso a servicios de salud y educación, mientras que ellos viven en una realidad aparte, sin privaciones ni limitaciones económicas, a costa del sacrificio del contribuyente.

El mundo de la clase gobernante es muy diferente al de los gobernados, porque, por ejemplo, a la inmensa mayoría de los mexicanos nadie le financia el pago de su tarjeta de crédito, como al centenar de funcionarios de Pemex. Tampoco reciben, como esos funcionarios, incentivos por productividad, servicio médico integral, gastos funerarios propios y de familiares, becas para sus hijos, un seguro de vida especial, vehículo utilitario, chofer y apoyos para teléfonos celulares.

Y al igual que los ejecutivos de Pemex, los dirigentes sindicales también disfrutan de privilegios a los que no tiene acceso la gran mayoría ciudadana. El dirigente petrolero Carlos Romero Deschamps se da el lujo –que ningún mexicano empleado en el sector privado se puede dar- de contradecir a su jefe e incluso de enfrentarlo, como lo hizo cuando expresó ante el presidente EPN y el secretario de Energía Pedro Joaquín Coldwell: “se quedarán en el desencanto quienes hablan de reducir el número de empleados de Pemex”, haciendo alusión a la advertencia del gobierno de que el recorte federal también alcanzaría a los trabajadores sindicalizados. Los patos tirándoles a las escopetas.

También artistas e intelectuales alertan a la clase gobernante de la necesidad de un cambio radical de las políticas públicas, ante los resultados desastrosos, como el pintor Daniel Lezama: “tenemos cerca, no un estallido social, sino un colapso social”; o la escritora Margo Glantz: “hay síntomas de un autoritarismo tremendo”; o el escritor Fernando del Paso: “corrupción gubernamental, crimen, inestabilidad económica, colapso social y apatía describen al país de hoy”; o el escritor Yuri Herrera: “es difícil saber si las declaraciones y las decisiones tomadas por buena parte de nuestra clase política son reflejo de codicia, locura o el convencimiento de que son intocables”.

Por su parte, el Centro de Estudios Económicos del Sector Privado señala: “en México hay una crisis de confianza que en el sector empresarial es resultado de la entrada en vigor de la reforma fiscal, del ambiente de corrupción, impunidad e inseguridad cada día mayor”. El hartazgo de la sociedad tiene un límite. El analista Raymundo Riva Palacio señaló que “nunca un presidente ha llevado la molestia nacional y el hartazgo social a un punto tan alto como EPN”. De ahí el llamado que hacen, una vez más, analistas, dirigentes empresariales y organismos cívicos a escuchar, si no su voz calificada, sí la voz del pueblo, del asalariado, del desempleado, del ama de casa, del campesino: esa gran mayoría tan lejos de la clase gobernante y tan cerca de la desesperación. ¿A poco no…?

 

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