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El poder en manos de la consciencia

Cuando pienso en poder, no pienso en el verbo que determina la simple acción de tener una facultad cualquiera para hacer algo, con importancia o sin ella. Cuando pienso en poder, suele ser inevitable darle una acepción política.

Primeramente, para poder conseguir tratar esa acepción como se debe: la Real Academia Española lo define de múltiples maneras pero, entre ellas, lo menciona como aquel que representa tener expedita la facultad o ponencia de hacer algo. Dándole un acento político, esta palabra tiene muchas implicaciones.

El poder, desde los inicios de las concepciones sociales, ha sido un ente hegemónico presente tanto en los procesos cognitivos individuales como en los sociales o comunes. Se podría decir que la idea de poder, en su carácter hegemónico y heterónomo, no podría concebirse de otra manera a sí mismo, ya que, sus implicaciones no tendrían valor alguno si no existiera esa característica singular de desplazamiento general hacía el uno particular. Es como decir que el amo necesita de su esclavo para poder ser amo.

Dentro de lo anterior dicho, cabe destacar que, en los antiguos órdenes sociales donde se supone su organización era horizontal –a lo que Marx llamaría “comunismo primitivo”- y no vertical -tal y como la vemos ahora en nuestras pirámides sociales jerarquizadas en estratos- los sujetos pertenecientes se encontraban inmersos en un rol de actividades que satisficieran las necesidades de todos. Pero, a partir de esa organización había quienes se ocupaban de la planificación de las actividades, y estos mismos fueron quienes, tras desarrollar más su capacidad de razonamiento, encontraron la amañada manera de beneficiarse del resto.

Por este defecto o efecto de las circunstancias, es como se abre la puerta a nuevas formas de organización que se prestaban para la existencia de la opresión y la supremacía. Como un producto histórico-social, el orden empieza a evolucionar y a adaptarse según el contexto.

Aunque, separándome un poco del ámbito económico-social, quisiera darme la oportunidad de sesgarme hacia la idea del poder en su totalidad más próxima a lo que nuestra generalidad concibe. El poder, para los que lo tienen y para los que no, podría ser sinónimo de superioridad; como se mencionó anteriormente, consiguiéndolo a través del conocimiento o sabiduría, el miedo, las riquezas, la felicidad, las virtudes, la hipocresía, la manipulación, la indiferencia, las limitaciones o ilimitaciones, la dominación, etcétera, aspectos que nos dan a primera vista un paisaje sin fronteras, sin segmentos ni fracciones.

Pero luego entonces, ¿el poder es necesario? Y si es así, ¿es una necesidad vital o una necesidad creada? ¿Es necesario contar con un rango social de importancia? Para mí la respuesta es simple; nosotros como seres humanos necesitamos de poderío por lo menos en algunos momentos de nuestras vidas, como individuos tenemos un valor gracias a nuestra coexistencia con la sociedad. El sujeto sin sociedad no es nadie más lo que él mismo alcanzaría a percibir de sí,  pero la sociedad sí puede vivir sin un individuo más lógicamente, no sin todos.

Por lo tanto, se puede decir que sí, el poder es una necesidad que algunos habrán de crear, pero para todos es parte de nuestra forma de sobrevivir sintiéndonos bien con nosotros mismos. De esta manera, se podría decir que evidentemente en el ejercicio de nuestra individualidad habría que velar de forma mesurada por nuestro egoísmo, un ejercicio extremo que evidenciaría nuestras debilidades en el primer paso en falso, pero que sin la menor duda es un riesgo que tenemos que aprender a superar, a pesar de que, superado este riesgo de cualquier manera posible terminase siendo una persona diferente a la de un inicio, para tu conveniencia o para la de otro, tus medios te llevarán a un fin determinado por estos mismos.

 

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