A estas alturas del día todos sabemos lo que ocurrió hoy en el Colegio Cervantes.

Las primeras declaraciones de funcionarios al respecto fueron desatinadas. Y cabe mencionar que las preguntas, e incluso sugerencias, que parte de la prensa hicieron a los funcionarios, fueron aún más desatinadas. Como si la tarea del reportero consistiera en encausar alguna culpabilidad a base de prejuicios e ideas que no están bien asidas.

Me di cuenta que el Gobernador ya tiene un speech elaborado cuando una situación violenta nos atañe, una calca de otras tantas declaraciones:

“Son hechos lamentables los que acontecieron y estamos realizando las indagaciones correspondientes. Trabajamos para esclarecer las circunstancias. Los invitamos a retomar la calma en lo que las averiguaciones toman su curso, pues son hechos aislados, sin precedentes. Estamos trabajando en conjunto para que todo vuelva a la normalidad y podamos recobrar la paz”

Lo único que añadió el Gobernador a ese speech, fue, palabras más, palabras menos, lo siguiente:

“El Colegio Cervantes destaca por su alto rendimiento educativo. El Colegio Cervantes está involucrado con apoyos del Estado para trabajar en su excelencia académica, hace poco fueron campeones de un concurso de robótica. Es una institución destacada. Por otro lado, el alumno que protagonizó este terrible acontecimiento era un niño con excelentes calificaciones y un comportamiento totalmente normal en el aula.”

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Comunicadores, autoridades y algunos contactos de mis redes sociales repiten, en cada oportunidad que tienen: “Hay que señalar que se trataba de un alumno que tenía muy buenas calificaciones…”

El énfasis que se ha hecho sobre las calificaciones y el comportamiento excelentes del alumno que ocasionó el tiroteo, demuestran que se pone por encima el rendimiento académico, el ideal que se espera de un alumno, y se deja de lado la capacidad individual que tiene un niño ante la frustración y la canalización de esas emociones. Se da por hecho que el buen rendimiento es sinónimo de estabilidad emocional, y eso me preocupa, pues referirse a un buen rendimiento se puede traducir como la promesa de una excelente producción.

Por otro lado, la certidumbre de muchos para opinar, para dictar cómo se debe actuar y qué medidas deben ser implementadas, me pone ansioso. Desde los que dicen “Es por culpa de los videojuegos”, hasta los que repiten, “Revisen la mochila de los niños, pero también lo que traen dentro de la cabeza”, me causa ansiedad por dos razones: 1) la falta de reflexión y la capacidad que tenemos para convertirnos en replicantes, 2) el interés individual que no hemos desarrollado por procurar el silencio y la observación.

El día de hoy perdimos algo, no me atrevo a decir qué es exactamente lo que dejamos de ser. Es como si Torreón dejara de ser inocente. Como si todos nosotros migráramos, a la fuerza, a una zona desconocida. Lo ocurrido en el Colegio Cervantes es algo nuevo. Exhibe la normalización de la violencia. La violencia que siempre ha estado ahí, pero que adquiere nuevas formas. Y la interiorización que hemos hecho de ella nos deja poco margen de acción.

Puedo tratar de comprender otro tipo de ataques, como lo ocurrido en Francia en la revista Charlie Hedbo, en el 2015; otro tipo de violencias, como la surgida tras la mal llamada “guerra contra el narco”, que más bien es una guerra contra el pueblo que hasta la fecha lleva más de un cuarto de millón de asesinatos y miles y miles de desaparecidos; otro tipo de violencias, como el asesinato de la maestra, el año pasado, durante el desfile de La Revolución Mexicana; la violencia ocurrida hace una semanas en Villa Unión; otras violencias, como la sistémica que sufrimos todos, todo el tiempo, en diferentes niveles, producto del propio sistema, pero lo ocurrido hoy en el Colegio Cervantes me cuesta mucho aterrizar, pues obedece a carencias individuales, no a una búsqueda para establecer una ideología o un poder, un interés político, económico o empresarial, pero sobre todo obedece a una violencia estructural; la violencia estructural que nos marca con esas carencias individuales; esa violencia estructural que no es del todo legible, que crea redes invisibles en las que todos estamos atrapados. Y lo que me preocupa es que, al tratarse de un problema estructural, obedece a jerarquías, y en esas jerarquías, históricamente, las mujeres y los niños son los más vulnerables, los que más pierden, siempre.

Al momento de escribir esto me siento rebasado. Toda la información que circula, la oficial y la que corre en paralelo, las opiniones que hay en redes, algunas declaraciones de funcionarios que escuché en el radio, el prejuicio de tantos “informadores” y contactos, me angustia. Todo es caótico. Especulativo y caótico. Durante toda la mañana leí, escuché y observé todo lo que me fue posible sobre el tiroteo. Sinceramente dudo de escribir mientras lo hago, ¿hace falta que yo tenga algo qué mencionar?, probablemente no, pero considero que entre más reflexiones haya, más documentos sensatos y sinceros se generen, existe la posibilidad de que generemos algunas herramientas para percibir y actuar ante la violencia estructural que padecemos. Por lo pronto silencié a varias voces de mis redes sociales que me hicieron enojar y que de momento considero sano, para mí, no atender, pues si algo tienen las redes sociales es que son capaces de destilar lo peor de todos nosotros. Ojalá la convulsión pase pronto.

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