Por Federico Sáenz Negrete

Había una vez un niño que cargaba en sus alforjas con todas las canicas del conocimiento, un niño dispuesto a jugar y a compartir de inmediato su diversión, un niño que de tanto ver necesito lentes desde muy temprano. Un niño afortunadamente no muy alto, de haber sido alto, se hubiese chamuscado las manos hurgando y curioseando tanta estrella.

Un niño que decía la verdad sin prudencia, que lo investigaba todo, que no se estaba quieto. Un niño impaciente y jocoso. Un niño que de tan inteligente era capaz de amalgamar la enorme diversidad de sus conocimientos en una sola frase mordaz y contundente.

Un niño fiel, cumplido, ordenado, trabajador, honesto, incansable, sincero y sobre todo, agradecido y leal. Algo descuidado con esos caramelos que echan humo y que tantos problemas le trajeron.

Un niño que tejía historias maravillosas, que escribía cuentos, ensayos y novelas. Un niño que publicaba en el periódico, hablaba en la radio, aparecía en la tele, dictaba conferencias, impartía cátedras, pero sobre todo, un niño que era profundamente buen amigo.

Un niño travieso que en sus escritos injertaba textos entre paréntesis llenos de humor, para que los otros niños, sus lectores, asomáramos tímidamente la cabeza en ese enjambre de datos y conocimientos que cargaba el texto, como para que perdiéramos el miedo, como para que nos animáramos de una vez a jugar con él en el juego del conocimiento.

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Un niño sin miedo, sin agravios, sin deudas, sin rencores, un niño lleno de amor. Un niño que se emocionó cuando, después que me contó que atesoraba una colección de National Geographic que le heredo su padre, el contador Francisco, y que databa de enero del 36 hasta la fecha, decidí regalarle un ejemplar de diciembre del 27 que me había regalado mi abuelo Luis Sáenz pues él también las atesoraba. Nunca vi una mirada tan feliz, ese niño me miro asombrado detrás de sus múltiples dioptrías y buscó afanoso en sus alforjas algo igual de valioso para corresponder, pero le ganó el asombro y hojeando las paginas de ese vetusto ejemplar, se olvido del impulso inicial de gratitud, a fin de cuentas, los niños saben que el amor es desinteresado, nunca un acto de equidad mercantil.

Un niño de Gómez Palacio, de honda raigambre lagunera, de hablar preciso y coloquial, que le dio la vuelta al mundo mucho antes de haberle dado la vuelta al mundo.

Un niño que era feliz, feliz con Mirna su esposa, feliz con Constanza su hija, feliz con sus hermanas, cuñados, cuñadas, sobrinos, colegas, alumnos, amigos, feliz con el recuerdo de su madre y su padre, feliz con su casa,  su perro, su auto. Un niño sumamente trabajador que sabia descansar, era incansable y a la vez conforme, un niño infatigable y confiado. Un niño feliz de trabajar en el Tec, en Grem, en El Siglo.

Un niño que persiguió con su perro su última puesta de sol y que al sentirse cansado, se recostó en el pasto y se quedó viendo las nubes. Mirna presenció cuando ese niño de tanto ver las nubes, se convirtió rápidamente en una de ellas.

Todos nosotros , los que lo quisimos, los que podríamos recordar al poeta y decir hoy a muerto mi amigo Paco, con quien tanto he querido, formamos una hermosa, larga y fiel cauda que acompañara a este niño cometa en su eterno viaje por el universo.

La mañana siguiente, cuando ese niño ya no estaba, me sentí como el piloto de “El principito” , cargado de historias y en medio del desierto.

Levanto la cara, recibo los rayos del sol de oriente y lleno mis pulmones de aire. Exhalo un aliento agradecido con la vida, tan llena de personas maravillosas y prometo disfrutarla al máximo hasta que mi paréntesis se cierre.

Dios te bendiga Paco, a tu familia y a todos los presentes.

Federico Sáenz Negrete

Comarca lagunera julio 2010

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