Por Ariel Carbajal Rivota

Pocos momentos hay en la historia de una persona, en los que con la misma vehemencia realidad y conciencia exigen batalla, hoy por hoy el entendimiento, nuestro entendimiento, implica sortear nuevas barreras. Me parece de poca trascendencia adjudicarle consecuencias distópicas o propias de una extinción a la emergencia sanitaria y demás sucesos del presente, como igual de corto me parecería no reconocer en él la síntesis que expone de muchos de nuestros aciertos y errores como civilización e individuos.

Más allá de lo que se haya dicho o se pueda decir, tengo que reconocer algo: resulta asombroso verificar la fragilidad de las formas establecidas, esas que por su permanencia se habían reputado como categóricas. Me refiero a las estructuras que habían permanecido intactas, esas que parecían estar dadas tanto en nuestra manera de explicar al mundo como en la manera en que nos interpretamos en él, esas que ahora tambalean ante el embate de un suceso igualador, tanto en sus causas como efectos, y que permiten vislumbrar las falencias de nuestros sistemas políticos, económicos y sociales, pero también de nuestros moldes cognitivos.

No soy partidario de concebir a la historia como cíclica, por eso mismo lo obtuso que resulta el momento no puede entenderse únicamente mirando a lo ocurrido en el pasado, como tampoco valdría postergar la atención del mismo a los indeterminados caminos del futuro. Insisto en que no hay mejor tiempo que el ahora para librar estas batallas, no por las circunstancias sino porque es el único en que es posible.

Habría que procurar, en la medida posible, que los factores que originaron la crisis del año 2020 no pierdan atención habiendo pasado la coyuntura. Es evidente el carácter extraordinario del momento, mismo que ha servido para que muchos comprendan la importancia de pensar, excepcionalmente, en la posibilidad de reubicarnos en el eje luego de pasadas, o mejor dicho, de haber tomado el control de estas ineludibles oscilaciones.

Este desequilibrio perceptible a niveles individuales y colectivos nos ha obligado a vacilar entre lo conocido y lo desconocido, a plantearnos nuevos cuestionamientos y concebir incluso “nuevas normalidades”. El tambaleo, no obstante, ha permitido asomar la cabeza a lugares que habían permanecido ocultos tras los muros de estructuras que revelan, cada vez con más severidad, que no han sido suficientes.

Lamentablemente, vuelven a comprobar su vigencia temas no resueltos como el racismo, la discriminación, la desigualdad y la violencia, pero al parecer, han encontrado mayor eco, pero sobre todo una mayor y más clara exposición. Esta sacudida de acontecimientos ha permitido derribar ideas y prejuicios pobremente afianzados sobre sistemas que hoy admiten tácita y explícitamente su incapacidad. Esto, sin duda, abre la posibilidad de comenzar a plantearse, más que nuevas, mejores respuestas.

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Es también una realidad que el turbulento ambiente hace, a su vez, más complicada la elaboración de estas soluciones. La brújula ha dejado de indicar un rumbo cierto, pero no por esto habría que darlo por perdido. El rumbo, aunque incierto, tiene un horizonte, lo importante será resignificarlo. Ante lo complicado que se antoja la grandilocuente proposición quisiera hacer notar que puede ser más fácil de lo que se cree. 

Valdría tomar en cuenta nuevos enfoques como el que sostiene el economista y filósofo indio Amartya Sen, quien ha propuesto una manera más práctica para hacer frente a la injusticia social. Él, bajo su concepto de “injusticias remediables” defiende que una calamidad (violación, soborno, hambre, despojo, etc.) se le considera propiamente como “injusticia” cuando ésta pudo haber sido evitada y particularmente si quienes pudieron haberla evitado no lo hicieron. Bajo esta premisa combatir la pobreza, la desigualdad y la discriminación adquieren la oportunidad de hacerse como lo que son, fenómenos particulares y determinados; y no como simples problemáticas abstractas y despersonalizadas que desde los gobiernos se pretenden atender con  las “doblemoralistas” buenas intenciones de sus programas e instituciones. Con lo anterior, han postergado el urgente y preciso enfrentamiento que requieren, cediendo así la solución de estas injusticias a la esperanza de que en un mañana, casi por sí solas, atenúen su intensidad de manera automática. No ha sido, ni es así. Hoy podemos comprobarlo.

La incapacidad es connatural a los gobiernos, sin embargo, evidenciar esas incapacidades y tomarlas como motivación para hacer algo es responsabilidad ciudadana. La desatención oficial obliga a la acción social. Tenemos que aprender a ser ciudadanos a pesar del Estado, pero en busca de que este mismo, con su potencial amplitud y robustez, pueda configurarse nuevos valores que redireccionen el rumbo perdido, y que atraiga y atienda a los que han quedado histórica y sistemáticamente fuera de él.

Es imperativo comenzar por nosotros mismos, reflexionemos, entendamos y aprendamos de los demás, nuestras sociedades están lejos de ser homogéneas, lo que implica diversidad en los pensamientos y opiniones; y a su vez la oportunidad de generar soluciones más adecuadas a las exigencias del presente. Para esto se necesita luchar contra la ignorancia, ingrediente principal del miedo al otro, y difundida, en gran parte, por los medios convencionales de información. 

Conozcámonos e intentemos comprender nuestro entorno reconociendo nuestros sesgos, comprobemos que en el panorama general concurren multiplicidad de contextos y visiones, y estas obligan a concebir de manera más crítica y amplia nuestra propia realidad.

Hoy resulta fundamental apropiarse de causas justas, defender las que promuevan la empatía y solidaridad, y refutar las que tiendan al enfrentamiento y la segregación; hay que llevar estas agendas al terreno de lo político, abogar por una re-organización de la sociedad que priorice la inclusión y justicia social. Civilicemos a las autoridades y no viceversa, humanicemos la sociedad, démosle autonomía a nuestras ideas, tomemos acción política dentro y fuera de nuestras conciencias. 

Lo más transgresor que podemos hacer hoy es también lo más sencillo: pensar.

* El punto de vista del autor no necesariamente refleja la postura de esta casa editorial, Red es Poder es un foro de voz libre y así será siempre.

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