Por Jaime Muñoz Vargas

Fueron escenas parecidas, ambas policiales y abusivas. En el primer caso, un agente norteamericano retiene a un hombre negro que, bocabajo, suplica un poco de piedad para poder respirar; la rodilla del oficial, sin embargo, pasa varios minutos haciendo severa presión en la nuca del detenido, quien a la postre murió; todo queda grabado por cámaras de seguridad y por celulares de transeúntes. En el segundo caso, más cercano a nosotros, un joven es detenido en Guadalajara frente a una cámara de teléfono que registra el diálogo entre los testigos del hecho, que reclaman exceso de fuerza, y los policías retadores. Poco después de haberse realizado esa toma, el detenido es declarado muerto por golpes en el cráneo.

Estas dos historias fueron difundidas en las redes sociales y se convirtieron, como dice Roberto Bardini, en la chispa que incendió la pradera: inmediatamente motivaron a muchos cientos, miles de jóvenes a cobrar venganza contra cualquier elemento policiaco a la vista. Las imágenes de Estados Unidos, “dantescas” si se nos permite el lugar común, hicieron recordar otros momentos de la tensa relación entre la población negra y las autoridades policiales norteamericanas, particularmente la detonada tras la golpiza perpetrada contra Rodney King en 1991, también grabada en un video que no dejó lugar a dudas sobre los excesos de los uniformados. Lo peculiar en el caso de George Floyd es que los reclamos y la sed de venganza no sólo corrieron a cargo de civiles negros, sino también de miles y miles de blancos igualmente iracundos. A una escala menos numerosa, aunque importante si nos atenemos a los antecedentes nacionales, una muchedumbre de jóvenes atacó patrullas y el edificio de gobierno de Jalisco en demanda de justicia para Giovanni López, y la protesta también tuvo algún eco en la capital del país.

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Podemos resaltar dos detalles en las acciones de la policía: en ambos hechos hay un claro exceso en el uso de la fuerza y en ambos hay cámaras listas para grabar una parte sustancial de los desaguisados. Si a esto añadimos el alto nivel de crispación prohijado por las sociedades actuales ensañadas sobre todo contra los jóvenes al negarles oportunidades y estabilidad, es harto necesario que la policía y cualquier otra autoridad afín maneje bien sus protocolos de actuación en detenciones y demás contingencias violentas. De no ser así, cualquier abuso grabado en audio y video de un mal policía puede derivar en lo que recién vimos: escenas apocalípticas en un mundo ya de por sí apocalíptico por epidemias y recurrentes crisis económicas.

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