Por Lillián de León

¿Qué hemos aprendido? Ésta pregunta la escucho mucho en estos días de cuarentena por la pandemia del COVID y es el mismo cuestionamiento que me resuena dentro del corazón: ¿Qué he aprendido?

Hace un año y medio mi vida tuvo un cambio drástico, dejé mi ciudad, mi trabajo, mi familia, mi casa, mi vida social y mi país: México. Comencé otra experiencia en medio de la lluvia, los grandes árboles estacionales y las ardillas en mi balcón, practiqué otro idioma mientras aprendía de otra cultura.

Mis primeros días en Estados Unidos fueron de reconocimiento del lugar, de sentirme de vacaciones, pero conforme los días pasaban, eché de menos mi ajetreada vida profesional y social. Las semanas se convirtieron en total calma y hasta la fecha lo sigue siendo; cuestioné mi productividad, mi propósito de cada acción, comencé a pensar en mi trascendencia como mujer, como adulto que debe estar repleta de responsabilidades.

Convivo con un esposo que me apoya en mis decisiones y acciones y aún así me sentía “culpable” de no hacer aparentemente nada.

Sin horarios para levantarme, con el día completamente en mis manos, observaba mis zapatos en una fila perfecta, casuales, deportivos y sin faltar mis tacones para una salida importante.

Pensé tantas veces que ya no me harían mucha falta, ahora los deportivos eran los más común en un país que ama la ropa y zapatos cómodos; dentro de casa mis pies sentían de forma directa el suave suelo de alfombra, no hay espacio para meter zapatos sucios a casa.

No he sido de maquillarme mucho, aún así no podía faltar un poco de color cada mañana antes de ir a trabajar, ahora sin destino fijo por partir, dibujaba una sonrisa de color para mí misma, y quizá en días de suerte, para verme linda durante las videollamadas. El perfume formó parte de mi ritual de aromaterapia, sin escatimar, antes de que la fecha de vencimiento los hiciera presa de un olor intolerable.

La lectura se formó en la lista en mi prioridades, lo mismo que los podcasts que dejan una huella positiva en mi corazón y mi mente, poco a poco a mis redes sociales las llené de cuentas para aprender a conectar, para realizar actividades manuales, para probar nuevas formas de disfrutar cada día más mi propia vida.

Entre días sin prisa y audios que me hacían sonreír caminé por el parque lleno de árboles, mi perrita “Chiquita” me mostró el camino del bienestar físico al formarme el hábito de mover mis piernas diariamente.

De pronto, comencé a trabajar de nuevo, con un ritmo tranquilo y sin presión alguna, regresé al ambiente infantil, aprendiendo de los pequeños y poniendo en práctica mis veinte años de experiencia de una forma muy diferente, amando cada segundo junto a los niños, aprendiendo a jugar de nuevo, a correr tras de ellos mientras nos reímos, a tirar de un vagón con un par de niños sonrientes, inventando historias, estaba abriendo la puerta para que saliera mi niña interior a divertirse con ellos.

Fueron quince días de una rutina maravillosa, lo estaba disfrutando, cuando de pronto el mundo ya había comenzado a parar, mi país de origen lo hacía y Estados Unidos estaba por detenerse, así fue.

Entonces las noticias se llenaron del mismo tema: Coronavirus. Mi familia y amigos tomaron precauciones, mi juego con los niños terminó, regresé a casa, entre la incertidumbre y el miedo.

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Y aquí, desde casa, observé la vida de muchas personas, la mayoría hablaba del temor a contagiarse, las noticias falsas nos golpeaban las ilusiones, sin embargo nunca faltaron quienes luchaban día a día para compartir esperanza.

La vida de muchos comenzaba a ser como lo fue la mía meses atrás, estar en casa, descubriendo con creatividad una nueva manera de vivir la vida.

¡Vaya! –me dije-, sin darme cuenta he comenzado meses atrás esta cuarentena, ya tengo algo de experiencia.

Bromeaba conmigo misma.

Aprendí que algo dentro de mí estaba cambiando, la manera de ver al mundo, que las llamadas por video importan y te unen, que gozar de tiempo “libre”, no nos puede hacer sentir culpables, que disfrutar de lo básico nos hace llegar a nuestro interior, que el autoestima depende más de cómo nos vemos a nosotras mismas, en contraste de como nos ven los demás, que la tolerancia se pone a prueba estando en casa de la mano con nuestra realidad y que las llamadas nos recuerdan que alguien que te quiere y te escucha, que estamos hechos de lo que entra a nuestra mente por medio de nuestros ojos y oídos, que el tiempo a solas nos abre ventanas para ver situaciones que nunca pensaríamos en observar de nuevo.

Ahora, en medio del “caos” de la pandemia, he aprendido que no tengo una posición estática de lo que sucede, ni hoy, ni en cualquier otra situación, que la mirada cambia de acuerdo a la realidad en la que vives.

Cada persona tiene diferentes oportunidades y realidades, lo cual los hace pensar y sentir diferente a mí, la única posición que puedo tomar es aquella de la cual aprendo y experimento, tomando en cuenta que mi perspectiva puede cambiar de un momento a otro, sin ser motivo para sentirme culpable.

Poco a poco comencé a conectar con mi niña interior, a sanar heridas pasadas, a concertarme en amar cada cosa que hago, de buscar disfrutar de cada una de mis acciones por burdas o infantiles que parezcan.

En mi pasado tuve momentos de tensión, de tristeza profunda y retos que desafiaron cada una de mis emociones, en este momento me toca vivir la paz desde la calma y la naturaleza. Hoy conecto con mi interior de una forma diferente, puedo compartir calma a quien lo necesita, mandar abrazos virtuales con la misma intención que abrazaré cuando vea a mis padres de nuevo, a mi familia, a mis amigos.

Sigo y seguiré aprendiendo que cuidar mi mente y mi corazón, vale mucho y lo más importante, identificar con qué conecto que me hace ser yo misma, el tiempo dobló su valor cuando tomé consciencia de observar más, emitir menos juicios tanto para los demás como para mí misma y así poder sentir y experimentar la vida con mucha más libertad.

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