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Balones y Sandías: Una bocanada de esperanza

En el fútbol contemporáneo, existe un fútbol que por su pureza, castidad, y entrega lo hace único, lo hace especial, hace que la ansiedad por cada partido sea la máxima, en ese tipo de fútbol no existen los intercambios de camiseta a cambio de jugosos contratos, ni las compras de jugadores como si fuesen simples artículos de mercado; el arraigo y entrega que se demuestran al jugar en ese tipo de fútbol es una de las más grandes alegrías que te puede dar la vida. Ese es el fútbol que se juega con las selecciones de cada país.

Y es que, esa alegría se contagia como pólvora por toda la nación, cuál sea la magnitud del triunfo, la algarabía se instala momentáneamente en las calles y los problemas, ya sean políticos, económicos o sociales se olvidan por un momento, la gente es una por igual, es una por el país y nada ni nadie los detendrá.

Las selecciones nacionales participan en este fin de semana en una fecha FIFA más, en la mayoría de las Confederaciones/Continentes se juegan partidos por la clasificación a la Copa Mundial que se celebrará en Rusia en el 2018, desde un Papúa Nueva Guinea contra Tahití (1-3) en Oceanía, pasando por un Argentina contra Chile (1-0) en la Conmebol, hasta un Portugal contra Hungría en la UEFA, el globo se contagia de esa ambición benigna por clasificar a la próxima justa mundialista.

Hay un caso particular en los más de 59 partidos de esta fecha FIFA, ese es el de la Selección Nacional de Siria contra la ex-República Sovíetica de Uzbekistan en la Confederación Asiática. Partido por demás clave en las aspiraciones de los dos equipos rumbo a conseguir la clasificación mundialista.

La semana pasada la Federación de Fútbol de Siria tuvo que mover de nueva cuenta el partido fuera de sus fronteras, precisamente a la ciudad de Malaca en Malasia, a más de siete mil kilómetros de distancia, a terreno neutral, decisión derivada por la necesidad de evitar el conflicto bélico que desde hace 6 años ha detenido la vida por completo en Siria, dejando cicatrices que muy difícilmente sanarán en poco tiempo.

Omar Kharbin fue el anotador del único tanto al minuto 91’ de penal con todo y al estilo “panenka”, con el que la Selección de Siria obtuvo el triunfo y se puso a un solo punto del repechaje y a dos del puesto de clasificación directa al mundial, los cuales ocupan Uzbekistan y la República de Corea respectivamente.

Así como Kharbin, el resto de futbolistas que componen a la selección de Siria, tienen familiares, amigos, conocidos que han muerto injustamente por una guerra que difícilmente se le ve la puerta de salida, para los otros, todo lo que alguna vez conocieron como patrimonio solo está hecho cenizas, polvo, ya no existe más ese pedazo de tierra al que llamaban hogar, los demás tuvieron que salir, emigrar para buscar un mejor futuro, convirtiéndose en refugiados sin rumbo.

Por este triunfo los seleccionados sirios recibieron una jugosa prima salarial de mil dólares, lo mismo que ganan en un año, ya previamente habían conseguido un triunfo importante contra China y también se les había otorgado la misma cantidad de dinero, que ayuda a mitigar por muy poco el dolor que la guerra les atrae.

Si por algún motivo, Siria logra clasificar por primera vez en su historia a la Copa Mundial de la FIFA, tengan por seguro que ni las decisiones políticas, ni las decisiones bélicas que se estén tomando en ese momento importarán. El fútbol podrá darle a la nación siria una bocanada de esperanza, de unión, donde se podrían ver hasta rebeldes y ejércitos contrarios reunidos como una sola nación, aunque sea por un mes de Copa del Mundo, un mes en que por un momento los rivales no sean el ejercito insurgente, ni el ejercito extranjero, que ese rival sea otro equipo con una camiseta y un short, que sea contra 11 jugadores y que aunque pierdan o ganen, sepan que han hecho un poco la diferencia, aunque sea con el fútbol.

 

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