A pesar de que el actualmente está centrado en tres figuras puntuales, de las cuales dos son latinoamericanas, el mundial de Rusia ha demostrado que el mejor antídoto contra el talento es el orden, el pragmatismo, la planeación y la perseverancia.

Ni Lionel Messi ni Neymar pudieron encabezar una revuelta futbolera para asaltar el Kremlin de Moscú y llevarse la otrora copa Jules Rimet a casa. Los europeos han demostrado que los equipos se construyen de abajo hacia arriba, desde la estructura, como si se trataran de un complejo de rascacielos erigido en una convulsa zona sísmica.

Las estrellas del fútbol; las mediáticas, las que brillan cada semana, las que tienen solucionada su vida económica de aquí a tres o cuatro generaciones; las que se tatúan una o dos veces por mes, las que no piensan en el mañana ni en el futuro sino en todos los privilegios que los rodean; las que aprovecharon su natural destreza con las piernas para conquistar al mundo, las que soñaban con patear un balón durante el resto de sus días y ahora sueñan con disfrutar unas ostentosas vacaciones en la playa más exótica sobre las faz de la tierra; las que se mueven en ferraris, submarinos, jets y yates; las que se depilan el cuerpo, se delinean las cejas y lloran como lactantes recién paridos cualquier patada o roce que sufren en el campo; todas esas estrellas, esos astros del balompie, en su mayoría, han quedado fuera de la competencia.

Latinoamérica, desde el mundial de Corea y Japón en 2002, no ha podido levantar la copa mundial. La eterna fábrica de futbolistas que migran a Europa para acceder a mejores sueldos, a mejores vidas y a mejores oportunidades profesionales es ahora sólo un animador más de quienes son los verdaderos dueños del balón.

Hoy, a pocos minutos de conocer al cuarto semifinalista, tenemos a naciones como Bélgica, Francia e Inglaterra, quienes históricamente se impusieron ante los más débiles, exterminando, esclavizando, explorando y recogiendo los frutos del trabajo ajeno.

Romelu Lukaku, delantero estrella de la selección Belga, es un joven de origen Congoleño que luchó contra el hambre y el rezago social; creció con el resentimiento hacia una nación de blancos que, para tener su alto nivel de desarrollo, tuvo que explotar, maltratar y pulverizar a una mediana nación africana.

Francia, otro semifinalista, es una selección compuesta por más inmigrantes que nativos, un equipo en donde los jugadores de raza negra, mulatos y árabes son el alma, el talento y el empuje del, a mi parecer, el favorito para llevarse el trofeo más codiciado del mundo.

Hoy, mientras el país presidido por Emmanuel Macron mantiene un conflicto económico y bélico con Siria, en donde cientos de civiles han muerto gracias a la ambición y el autoritarismo del mandatario francés, el mundo aplaude a una selección “incluyente” que demuestra que en el deporte la raza, el idioma, la religión y la política no son impedimentos para poder compartir sobre el terreno de juego.

Qué decir de Inglaterra, potencia económica mundial, inventores del fútbol organizado y nación conquistadora de muchos países de todo el orbe.

Los ingleses no se andaban con rodeos; ellos, cuando conquistaban tierras, exterminaban como cucarachas a todo lo que oliera a nativo, a todo lo que fuera diferente a ellos y sólo mantenían a grandes comunidades de esclavos negros para que llevaran a cabo los trabajos que necesitaran de fortaleza física.

A pesar del contexto histórico, hoy vemos a una selección inglesa en donde participan jugadores como Marcus Rashford o Ashley Young, de raza negra, o Dele Alli, de obvia ascendencia árabe.

Mientras tanto, en Latinoamérica, Brasil, Uruguay y Argentina, únicos países que han levantado la copa mundial, siguen manteniendo sus bases; su gente y sus nativos participan del juego. Estas tres naciones, no necesitan buscar en todo el mundo a jugadores para reclutarlos en su selección. Ante tanta pobreza y desigualdad que se vive en nuestro continente, el fútbol es un paliativo que ayuda a olvidar y te invita a soñar.

Y aunque hoy el mundial será para los europeos y aunque los últimos cinco mundiales, contando el actual, ha salido campeón un equipo europeo, el fútbol, sus raíces, su picardía, su “cancherismo” y sus narradores gritones están y estarán en el subdesarrollo, metidos entre la pobredumbre, el clasismo, la desigualdad, la pobreza, el maltrato y la corrupción y siempre recordaremos a héroes como Obdulio Varela, Pelé, Kempes, Maradona, Ronaldo, Romario o hasta el mismo Messi o Neymar, porque todos ellos emanaron del subsuelo; de donde nace la riqueza, del núcleo de la vida y no del privilegio y no del abuso y no del autoritarismo y no de la opresión.

 

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