La solidaridad que siempre mostramos hacia nuestros compatriotas exitosos es plausible. Admirar y valorar los logros de personas que se esfuerzan y luchan por sobresalir, son acciones que se deben grabar en el corazón del triunfador.

A falta de tres días para que los juegos olímpicos lleguen a su fin, la delegación mexicana sólo ha cosechado una medalla de bronce producto de la sorpresiva aparición de Misael Rodríguez. Lo que me intriga, es que el patrón que se ha presentado con mucha frecuencia en esta edición deportiva han sido los cuartos lugares que, por cierto, han sido catalogados por los medios, en su gran mayoría, como fracasos.

Itzel Manjarrez, Carlos Navarro, Alejandra Valencia, Paola Espinosa y Bredni Roque se quedaron a la orilla de poder conquistar una presea de bronce. Por ahí dicen que cuando se está cerca de la gloria y no se consigue, el golpe es más certero que quedar en último lugar. Algunos de estos deportistas llegaban con la firme intención de subirse al podio, el resto, simplemente fueron avanzando y estuvieron a punto de consagrarse como medallistas.

A pesar de los problemas políticos e institucionales que vive el deporte mexicano, existen otro tipo de situaciones y gremios que desvirtúan la realidad del deporte nacional: los medios de comunicación.

“Yo quería ganar una medalla por mí, por mi equipo de trabajo, por mi familia, no por ustedes”, comentó Paola Espinosa a un reportero de ESPN al salir del parque acuático donde se llevó a cabo la final en la que logró acariciar el bronce y éste, ingrato, decidió abrazar el cuello de la competidora canadiense,Meaghan Benfeito.

Dentro del ambiente pesimista,  trágico y derrotista que siempre se dibuja cuando un competidor mexicano no logra su objetivo, el medio de comunicación se encarga de pisotearlo, de basar su análisis en opiniones y mesas de debate huecas que sólo aprovechan el momento mediático para hablar de deportes y deportistas que ni siquiera recibieron alguna difusión durante todo el ciclo olímpico.

El trabajo de un medio de comunicación, sobre todo del deportivo, debe profesionalizarse aún más. Las barras de programación y análisis sólo se enfocan al fútbol, al deporte que mueve masas y dólares a borbotones. Los comunicadores, en su gran mayoría, demuestran un nivel de ignorancia y de desconocimiento de lo que hablan que abruma y deprime. Los especialistas que siempre son invitados para comentar y sacar a flote las transmisiones de todos los deportes que no son cubiertos por los medios, sólo hacen un trabajo de bomberos para salvar el prestigio y tapar la poca preparación de los cronistas.

La televisión deportiva en México está repleta de contenidos que priorizan la transmisión, el debate y el comentario sobre lo que sucede en el fútbol y, con un poco de menos presencia, las ligas norteamericanas como la NFL, NBA Y MLB.

Hoy, que están llegando casi al final los juegos olímpicos de Río, y que se han visto batallas emocionantes y pasionales en una infinidad de disciplinas como el volleyball, clavados, natación, esgrima, halterofilia, entre otras, los medios deberían entender que para que el sistema deportivo nacional tome mayor impacto, y para que muchas personas se animen y se entreguen a alguna disciplina deportiva, es necesario transmitirlas, difundirlas y analizarlas.

El problema en México no es sólo de la Conade y su inepto presidente Alfredo Castillo, tampoco es única responsabilidad de Carlos Padilla, presidente del comité olímpico mexicano, incluso tampoco es la total culpa de todas las federaciones que brillan por su ineficacia. La responsabilidad también es de los medios, quienes deciden darle difusión al deporte amateur sólo durante los juegos olímpicos, sólo cada cuatro años, sólo cuando alguien a base de esfuerzo y sacrificio logra algo fuera de proporción.

Ojo con la ineficacia de todo el sistema; desde el presidente de la república quien eligió a su amigo Alfredo Castillo como líder del deporte amateur en México, hasta los medios de comunicación que omiten e ignoran con una frialdad implacable a quienes después, les besan los pies o les patean el culo según sea el resultado.

La hipocresía se dibuja en cada coraje, en cada sonrisa y en cada comentario de quienes viven y comen gracias al deporte y no hacen nada por él.

 

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