Diciembre, fechas navideñas y el acercamiento a cierres en muchos sentidos. 2016 se despide de nosotros dejando una experiencia grata o no tan grata en nuestras vidas, pero sí de muchos aprendizajes. En esta ocasión me permitiré narrar una carta encontrada a una cuadra de la plaza mayor mientras caminaba a hacer compras navideñas que me pareció muy interesante por lo narrado, pensado y sentido de su dueña, de la cual cambiaremos el nombre para proteger su identidad, así como de las personas mencionadas en el texto.

“Amado Adán, no supe de qué otra forma retirarme sin que volviera a quedar rota, ausentarme sin que se notara que estaba huyendo, deslindarme de ti sin que pienses que he dejado de quererte. Ha pasado mucho tiempo, no en lo físico sino en mi interior; tal vez no lo entiendas, pero las cosas han cambiado. Te preguntarás a qué me refiero, te lo diré de la siguiente manera…

Nos conocimos hace aproximadamente 3 años, recuerdo que en aquella ocasión mis amigas me rogaron mucho para salir a un bar que estaban a punto de abrir en la ciudad. La verdad es que como te lo dije en algún momento, no me gustan mucho los lugares concurridos, pero de la insistencia de ellas decidí asistir. En un primer momento quise arrepentirme, salir corriendo, pero entonces decidí que por una noche haría algo que no me gusta. Es entonces que ingresé al lugar sintiéndome incómoda y por momentos pensaba en una frase que mi abuela me decía desde que era niña; “a veces los mejores momentos, van siempre acompañados de un infortunio de incomodidad”, así que procedí a disfrutar dentro de lo que podía.

Ese fue el primer día en que te vi, recuerdo tus jeans rotos, tus converse negros sin lavar, tu camisa a cuadros verde que usabas desabrochada, la gorra negra que siempre quise quitarte porque hasta a la comida con mis padres la llevabas. Recuerdo cuando volteaste hacia mí y visualicé ese lunar en tu cuello de donde se desprendía tu barba sin arreglar, sin forma y abundante. Hubo algo que me atrapó de ti, tus ojos, esa forma de ver todo lo que hay a tu alrededor, dando la creencia de poner una atención tan minuciosa que incluso podía mover el sexo de cualquier mujer, y ni siquiera tenía que ver con que fueras atractivo visualmente o me haya atrapado tu manera de hablar de acontecimientos profundos de la vida; me atrapó algo… sólo sé eso.

Después lo comprobé con tu manera de acercarte, sorprenderme y ser demostrativo en lo que sentías y que de alguna forma estoy segura, me hizo corresponder a ti. Me enamoraste, te impregnaste en mí y me perdí en ti, en tu experiencia, en tu ser y en mi ser. A veces pensaba que tú tenías el poder sobre mí, pues estabas en mis pensamientos, mis emociones e incluso en mi vocabulario, tenía a mis amigas completamente aburridas de ti, se aprendieron tu nombre al revés y al derecho. Adán para allá, Adán para acá, Adán es importante… Adán sabe hacer eso, ¿Adán puede venir?, Adán podría ayudarnos…

Adán se convirtió en verbo, en tiempos, en metáforas y experiencias. Comía Adán y dormía Adán. No me di cuenta hasta qué punto esto era sano, creo que me debí haber dado cuenta, pero incluso pretendo creer que tú tampoco lo hiciste. Estábamos tan mimetizados que nos dimos el poder el uno sobre el otro, incluso el poder de hacernos daño.

Nos desgastamos, nos humillamos, amedrentamos nuestra persona y teníamos la incongruencia de regresar pensando que lo hacíamos por amor. Fornicábamos, nos dimos mil y un besos diferentes por todas las partes de nuestro cuerpo, hacíamos festín con nuestros cuerpos e incluso podríamos estar días interminables sin levantarnos de la cama, únicamente estar juntos, aunque el precio de ello lo pagáramos con sangre.

Adán, hoy después de tanto tiempo me he decidido levantar de mi cama en la que compartimos muchos momentos, ponerme aquel primer traje con el que me conociste y salir a la calle, ¿sabes para qué? Para despedirme. Hoy después de mucho tiempo entendí que tú no me hiciste daño, que nuestro encuentro por casualidad o causalidad estaba destinado a ser para aprender algo el uno del otro. Yo no sé el motivo del tuyo pero sí del mío y me gustaría expresártelo. Mi encuentro contigo estaba destinado para que yo viera lo que por mucho tiempo me había dado a mí misma en forma de dolor por, mi encuentro contigo estaba asociado a una vida entera buscándome y queriéndome encontrar en lo enfermo, en el malestar o en mis jodideces internas. Tú no tuviste la culpa y tampoco yo y eso es algo que me tardé tiempo en saber y entender. En medida de que dejé de buscar culpables me encontré y al encontrarme te vi.

Hoy salgo a la calle para cerrar con broche de oro ese momento, sin temor a que algún día tu recuerdo me vuelva a mover, porque decido recordarte bajo el concepto de amor en el que te conocí, no porque quiera omitir todo lo que vivimos, sino porque lo tengo tan entendido que puedo elegir con qué quedarme y con lo que decido soltar.

Soltar… esa es la palabra que ahora practico, ya no es Adán. Es soltar. Ahora eso rige mi vida, es el verbo que me ha hecho entender que el peor daño que puede hacerse uno mismo es querer quedarse con algo que no es para ti. Tú lo fuiste en algún momento, pero ahora no. Ahora llegó el momento de tomar una decisión y avanzar, y en esta ocasión decido por mí. Decido ser libre, al soltarte.

Gracias por lo que me diste y te di, gracias por los infortunios, por los bienestares y por el amor planteado. Aprendí de ello, espero que tú también hayas aprendido del mismo.

Con amor, Rosaura.”

Esta carta la encontré tirada en una acera, al leerla me imaginé que esta mujer estaba decidida a entregarla de alguna forma a su destinatario y tal vez se le cayó o incluso pudo haber decidido tirarla, desistiendo del hecho. Tal vez se dio cuenta que no era necesario entregar esta carta para darse entender que ya había soltado a la persona de la que hablaba, o incluso tal vez la soltó para que alguien la viera, la leyera y se diera cuenta de lo que consiste el arte de soltar y dejar ir. Sea cual sea el motivo, Rosaura hoy es libre de sus apegos nocivos y estoy muy seguro que está por ingresar a nuevos procesos en su vida, tal vez más sanos o no, pero eso sí… diferentes.

El arte de soltar tiene que ver con dejar atrás la idea que nos sostenía pero que ya no nos sirve y que frena nuestra vida. Al finalizar este año, el arte de soltar adquiere una importancia mayor, pues no cerramos un año en tiempo, sino en afectos. Es momento de preguntarnos con quién estamos, quién nos acompaña, quién ya no está y hacia dónde hemos de dirigirnos…. Y entonces cuando lo hagamos, descubriremos cuántas cosas seguimos cargando y cuántas ya hemos soltado.

 

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