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México 2016, entre marchas, conflictos, destrucción idiosincrática y cambios al interior del país, sin descartar los sucesos que acontecen en nuestro gobierno. Hoy decido comenzar esta columna con un tema que podríamos pensar que poco tiene que ver con lo que está pasando en nuestro país, aunque en lo real todo corresponde al tema de la fidelidad.

Lo digo de esta manera porque todas las movilizaciones sociales enfatizan el suceso de ser fieles a lo que creen, ya que ello no permite la intervención de algún otro agente que pueda mermar su creencia, incluso hacen todo lo que está en sus medios para extinguir a todo aquello que pueda intervenir en la relación de fidelidad y amor a su creencia. Cuando hablamos de este concepto lo asociamos a lealtad, a la exactitud de la acción y a la preservación de un lazo que se considera incorruptibe.

La hendidura del término es tan estrecha que es posible comenzar a pensar si la fidelidad realmente es un concepto fuera de los alcances humanos, incluso fuera del colectivo; es decir, nadie es fiel 100% a lo que cree, a lo que hace ni menos a lo que es capaz de verbalizar, porque a diferencia de lo que muchos creen, el ser humano por sí mismo no es perfecto y nada tiene que ver con la materialización de sus creencias a partir de religiones, sectas y asociaciones donde se condena al hombre por su accionar. La realidad es que el ser humano no es perfecto porque no está en su naturaleza serlo, ya que es un ente que continuamente está aprendiendo, conduciéndose y comportándose de acuerdo a sus vivencias y a su formación interna. Por tanto, el ser humano es considerado infiel desde su génesis comportamental, donde su sentido de existencia está embonado a la propia evolución misma, imperfecta y en constante cambio.

Si habláramos de sexualidad, tenderemos a pensar en nuestra capacidad biológica de dar existencia a otros a partir de la procreación, misma condición que nos pone a la par con una multiplicidad de otros seres vivos con la misma capacidad. La diferencia radica en nuestro desarrollo mental y evolutivo, haciendo que la razón misma nos diferencie y nos apuntale a la cúspide de la cadena alimenticia dominando desde nuestros impulsos más arcaicos hasta comenzar a elaborar nuevas formas de mantenernos a salvo y condicionar el ambiente de acuerdo a las necesidades planteadas y dando la oportunidad de comenzar a entendernos de forma diferente a partir de las emociones.

Entonces hablamos que la constitución del ser humano es mental, que da cavidad a nuestros juicios, representaciones mentales, capacidad de analizar, sintetizar, crear formas de comunicación y relación. Al mismo tiempo es emocional recreando vínculos, afectos, emociones, sentimientos, formas de pensar, hacer y ser que finalmente son las que conforman nuestra personalidad.

Lo anteriormente descrito es para llegar a lo siguiente: la infidelidad es una construcción social, no psíquica ni biológica. Esto pues, es planteado a partir de la certeza que biológicamente la sexualidad es puesta hacia la procreación y la preservación de la especie, mientras que en la parte psicológica, desde que nacemos nuestro organismo está puesto a dar satisfacción a los impulsos y, con el paso del tiempo, ante la construcción y desarrollo de la personalidad, estos impulsos son dominados a través de diversas instancias que nos enseñan a contenerlos para que cedan ante la represión.

La represión, lo biológico y lo psicológico son llevados a un lugar de control, encarcelados y guardados bajo llave pero con la suficiente energía para poder salir en cuanto el individuo esté desprovisto de ellos. Esta llave llamada represión es puesta por el medio social, la cultura y las organizaciones que tratan de establecer un sistema “idóneo” para que el sujeto se desenvuelva en términos aceptables y no arcaicos como lo hacen los demás seres vivos. Sin embargo, el impulso sexual que forma parte de todo aquello que se encuentra guardado tiene tanta necesidad de salir y ser llevado al plano real que busca diferentes formas para hacerlo como la publicidad sexual, las escenas eróticas en cine, televisión y medios de difusión, la pornografía, la genitalización del hombre y la mujer, entre otras. Si desplazamos la energía libidinal guardada hacia aspectos sociales que sean permitidos, daría como resultado la idea de que existe la fidelidad, pues el impulso sexual en sus planos profundos está contenida. Entonces, ¿Qué hay de la posibilidad de llevar al acto el impulso sexual de ser infiel? ¿Cuál es el placer en ello?

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