Portada Reportaje
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En el año de 1998, cercanos a culminar el primer milenio, la televisora HBO dio comienzo a la transmisión de una de las series que enmarcaría la apertura hacia el conocimiento de la sexualidad explorada por la mujer estadounidense y que con el paso del tiempo se trasladaría a muchos rincones del mundo pretendiendo entender el placer en la mujer; hablo de “Sex and the City”.

            Esta serie no sólo fue famosa por la representación en TV de desnudos, la práctica sexual explícita, los problemas de relación de las mujeres de la segunda y la tercera década. Tampoco por la incredulidad marcada por las cuatro protagonistas a las historias de cuentos de hadas, ni siquiera por las subtramas de mujeres independientes y a la moda. Lo que logró realmente atrapar al espectador fue el culto a la vagina. Este conducto membranoso y fibroso que se encuentra revestido por mucosas que cubre capas de tejido eréctil y muscular siendo la principal zona erógena femenina, cuyas funciones han sido delimitadas a nivel cultural como el centro de evacuación del parto y para la penetración por parte del miembro masculino. Es entonces que surge la duda: ¿cómo ante funciones tan limitantes podemos hablar del “culto a la vagina”?

            La escritora Naomi Wolf en su libro “Vagina: una nueva biografía de la sexualidad humana” plantea la adoración a la vagina en sociedades anteriores al cristianismo como en Irlanda donde se tallaron figuras femeninas desnudas en sus edificios de la mitología celta donde se visualizan a mujeres con las manos entre las piernas abriéndose la vulva. Incluso dentro de la mitología cristera existen simbologías relacionadas a este culto. En México, por ejemplo, está en nuestras mentes el grabado de la Virgen de Guadalupe quién se apareció frente a un indígena mexicano y dio pauta a la recreación de un retrato, que con lujo de análisis podríamos asemejar a la forma de una vagina. Pensemos en todos los objetos de reverencia que se encuentran alrededor de la que se considera la madre de los mexicanos, mismos que van desde flores, arcángeles, cuernos simbolizando el poder pero al mismo tiempo dando un mensaje de inocencia, perpetuidad y pasividad. Entiendo entonces que la vagina tiene su valía a partir del ser madre y conservarse casta. Pensemos entonces, ¿cuántos mexicanos le hacen reverencia cada 12 de diciembre? o, aún así ¿cuántos mexicanos visitan anualmente el templo que se le construyó a la gran vagina mexicana?

            La psicoanalista Karen Horney en su primer artículo sobre el complejo de Edipo en la mujer menciona que no existe un solo sexo (falo) tal como lo menciona Sigmund Freud, ante tal aseveración se da paso a la teoría de la envidia de la vagina, donde se hace mención de la necesidad primaria de los hombres de querer ser mujeres ante la capacidad de las mismas de procrear la especie y maternar. La autora dice que el hombre lo sublima a partir de acontecimientos y situaciones dadas hacia las mujeres como puede ser: el día de la madre, el día de la virgen de Guadalupe, las serenatas, entre otras. Pero como no deja de ser envidia, también prevalecen sentimientos de aniquilación como, por ejemplo: la concepción de la mujer en papeles pasivos, la aparente necesidad de protección, los categóricos indiferenciados por su comportamiento sexual activo, el menosprecio en el campo laboral, etc.

            Después de leer esto: ¿en dónde radica el verdadero culto a la vagina?, la respuesta es el poder. En el campo intelectual. Nuevos estudios han referido la certeza de que la mujer hereda la inteligencia y no sólo eso, es más inteligente que el hombre. En el área biológica según las investigaciones de Naomi Wolf, la vagina al ser estimulada produce estados postcoitales que se asemejan al trance y que tienen relación con la capacidad de la misma para sentirse segura, autosuficiente, independiente y con alta autoestima; esto es a través del nervio pélvico cuya función organizadora, placentera y que avoca al bienestar únicamente se encuentra en la mujer y no en el hombre. De esto es desprendible el comportamiento actual, es decir, aquella mujer con un papel activo y no pasivo, aquella mujer que disfruta de su actividad sexual, sus relaciones y la exploración de su órgano sensitivo preferencial. En este sentido, la mujer que conoce su sexo, tiene poder. La mujer que se toca, se deja besar, explorar y gozar puede llegar a colisionar las barreras de la represión sexual donde coexiste la imagen de la mujer con una gran vagina pero que debe ser perpetuamente virgen, asexual y ser únicamente objeto de satisfacción masculina agregándole que se espera que sea solamente un individuo el que sea capaz de poseerla y al mismo tiempo aniquilarla.

            Es entonces, que cierro con el siguiente cuestionamiento: ¿la mujer actual estará descubrimiento el camino certero hacia su origen, donde era objeto de culto y ovación por su poder sexual? ¿Se estará alejando entonces de aquel camino donde los mensajes manifiestos son la inhibición y el desconocimiento de su centro de poder? Diría el poeta norteamericano, William Ross Wallace, “La mano que mece la cuna es la que gobierna el mundo”, yo diría “la mano que toca su vagina es la que gobierna el mundo”.

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