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Hasta que encontré paz, el hikuri me encontró en Real de Catorce

Después de tres días decidí ir al desierto, los que ya visitaron este lugar saben que Real de Catorce está rodeado de desierto. Decidí entrar por Whatley, el lugar mas visitado para el consumo de hikuri o peyote. Generalmente está lleno de personas extravagantes, viajeros, hippies y lugareños; cuando llegué a la estación del lugar encontré a un hombre barbado, cabello largo y con un gran sombrero, su acento me indicaba que era ruso, o de algún país parecido, me dijo que se llamaba Checo y que hoy no era un buen día para ir al desierto, que esperara un día más.
Me ofreció su casa a las orillas de Whatley. Caminamos más de 6 horas desde Real a Whatley, yo iba con un tobillo lastimado y con una mochila de 40 kilos pero decidí continuar. Al día siguiente salí al desierto.  En el camino una perrita hermosa me siguió. La noche no fue amable, y después de recibir una de las tormentas mas monumentales que he vivido tuve que regresar a casa de Checo a las 3 de la mañana. Él me esperaba con té y cobijas.
Al otro día decidí volver a intentarlo, dejé la mayoría de las cosas en casa de mi amigo barbudo y sólo llevé conmigo a Choco (la nueva perrita), agua, un cuchillo y un encendedor (mechero, trola, laira).
El sol era brutal, las piernas me dolían, tenía hambre y mi tobillo se veía muy mal, no encontraba hikuri por ningún lado, comenzaba a inquietarme la idea de estar una noche ahí y no encontrar el sagrado hikuri, que fue el motivo real de este viaje de autodescubrimiento.
Fue entonces cuando me relajé, y comencé a disfrutar del sonido del viento y de la paz de encontrarme solo en un lugar tan grande y hermoso, disfrutar de cómo se dibujan las montañas. Aún sabiendo las condiciones en las que me encontraba, me sentí en paz; fue ahí cuando la vi: una familia de mas de 20 integrantes juntitos y con un color hermoso, había encontrado mi hikuri. Quizá esto suene demasiado fantasioso o romántico, pero así fue.
La noche fue una montaña rusa de emociones y pensamientos, en un inicio el frío calaba tanto que no podía dejar de temblar todavía teniendo el fuego frente a mí. De nuevo comencé a preocuparme, veía relámpagos de 7 tormentas que venían (no fue una alucinación) de todas direcciones. Decidí continuar. Hice el pacto con el abuelo. Justo en el pedacito de cielo frente a mí, veía un camino de estrellas que me deleitaban con su belleza formando una imagen hermosa, un camino rodeado de relámpagos. El tiempo pasaba y poco a poco las nubes dejaron ver el mar de constelaciones en el cielo, éstas comenzaron a danzar; me quedé mirando fijamente el corazón de atares, en esta parte la medicina comenzaba a llenarme de su infinita energía. Vi patrones en las estrellas muy parecidas a los tejidos de las artesanías.
El tiempo, ¡pf!, el tiempo se distorsionó de una forma imposible de describir, los sonidos se potencializaron.
Recuerdo cómo las figuras se distorsionaban ante mis ojos y el frío se iba. En esta parte recordé algo que me dijo Checo, él me aseguró que el poder de la planta podía canalizarse de una mejor forma si dejaba de distraerme con lo que veía y me ponía a escuchar: «así que corre los ojos».
Ésta fue la parte más interesante y misteriosa, a mi mente llegaron rostros de personas que no conocía, vistazos de lugares a los que nunca fui, me dejé caer en la tierra y sentí cómo un calor inundó mi pecho y el centro de mi frente; sentí una extraña y placentera sensación de estar conectado con todo lo que me rodeaba. Las reflexiones sobre mis actos llegaron a prisa, sin darme cuenta, podía pensar con mejor claridad y franqueza sobre mis actos y los actos de otros que me dañaron.
No puedo explicar cómo, pero me sentí mucho más ligero después de ésto, fue cuando me dije: estoy listo para morir, no tengo miedo. Un segundo después, Choco se levantó muy enojada y corrió hacia la oscuridad, me hizo levantarme y, a pesar de escuchar una pelea entre ella y otros animales, no tuve miedo, y sólo intente avivar el fuego que se había apagado sin darme cuenta.
Soplé y soplé y el fuego se levantó en una llama grande. Entonces vi los ojos de toda una manada de coyotes que nos tenían rodeados, Choco los había aumentado. Después de esto, todo fue más tranquilo, seguí viendo a las estrellas danzar, y llegó el amanecer.
Es curioso como la luz del sol te da la sensación de volver a lo «normal», ése fue uno de los amaneceres más hermosos de mi vida. Sin duda no soy el mismo después de esa noche.

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