Las nubes grises eran el reflejo del cemento donde murieron cientos de jóvenes. Las ventanas de los edificios viejos que adornaban la escena fueron testigos de las fuentes de sangre que brotaron hacia el concreto de aquel lugar. Cuarenta y siete años y dos meses después, me dispuse a vivir mi propia experiencia, a sentirla y a hacerla mía, como si yo hubiese sido encañonado en aquel lugar o aplastado por una torreta o liquidado por balas punzantes que sofocan el alma. Quería vivir mi propio dos de octubre en pleno verano, mi auténtico renacer.

Mi colega y yo desembarcamos en el metro Tlatelolco, emergimos de sus profundidades y nos topamos con un ambiente quieto y silencioso, el bullicio enmudeció y  la cotidianidad se apegó a una aparente calma.

Para llegar a la plaza de las tres culturas, le preguntamos a un hombre moreno y canoso, de largas barbas y diminuta estatura que portaba una playera con un mensaje referente a la matanza del dos de octubre. Él, primero con algo de rudeza y después con bastante amabilidad nos envió hacia el otrora campo de exterminio estudiantil.

Después de caminar poco más de un kilómetro y tras pasar un túnel oscuro y frío, llegamos a la pequeña zona arqueológica, que más bien resalta por el verdor de su césped y la dureza de sus ruinas. Al fin llegamos a la plaza de las tres culturas, lugar que era utilizado para congregar almas cansadas del poder, de la represión, de la violencia, de los presos políticos, de los corruptos. Una plaza que desde su simpleza asoma resentimiento, tristeza, impunidad, cinismo, venganza y asco, mucho asco. Tras tomar unas fotografías y recorrer el sitio donde había pocas personas patinando y algunas sólo contemplando el panorama, dimos media vuelta y nos comenzamos a preguntar si podría haber algún sobreviviente de la masacre del dos de octubre. Una señora que vendía alegrías nos dijo que el dueño de una papelería que estaba a la vuelta había salvado la vida, pero que no le gustaba hablar de ello y que incluso aún se ponía nervioso y colérico cuando lo abordaban para conocer lo que vivió.

Fue así que a mi colega de cabellera asimétrica se le ocurrió abordar al mismo señor que nos había dirigido a la plaza de las tres culturas. La tarea me la asignó porque se tuvo que retirar para ejecutar un plan de conquista hacia una mujer. Fracasó.

Profesor Cuauhtémoc Padilla, sobreviviente de la masacre de Tlatelolco, prueba tangible de lo que acaeció aquel día oscuro y sombrío.

“Tenía quince años. Como muchos, estaba envuelto en las manifestaciones pero a penas era un adolescente, también había niños que fueron abatidos, nos querían ahogar en un río de sangre”.

Cuauhtémoc relata cómo fue encañonado por soldados que mataban a las personas como si éstas fuesen moscas insignificantes. Él, junto con otros jóvenes, estaba adherido a la pared con las manos hacia arriba, no podían ver nada. Las armas apuntaban su belicismo hacia las nucas, las piernas les temblaban y sabían que su vida estaba a punto de apagarse.

“Un joven soldado, pálido y tembloroso, exclamó: –tengo un hermano estudiante, no he disparado –dijo sollozando –, voy a ayudar a los más chavos, pero si los agarran no me mencionen. Yo era de los más jóvenes de aquel grupo, tenía quince años y fui uno de los que escogió para dejarlos ir.”

Don Cuauhtémoc y su hija venden paletas afuera del metro Tlatelolco para solventar sus gastos que no pueden ser cubiertos sólo con su pensión de maestro. A  pesar de las dificultades que tiene para salir adelante, le sonríe a la vida que, por medio de un soldado, le dio otra oportunidad de seguir respirando.

“La muerte, el terror, el pánico y el coraje se apoderaron del lugar mientras un tapete humano de muertos, heridos y lastimados cubría el suelo”, relató en una carta que me proporcionó.

El infierno se acercó y se adhirió aquel día en el asfalto de Tlatelolco. Fueron asesinados niños, jóvenes y familias enteras. Fueron exterminados y vapuleados como si fueran un panal de abejas atrancado en la puerta de una casa.

Las cifras oficiales afirmaron que treinta y tres personas fallecieron, pero la realidad fue otra, según el conteo extra oficial, más de mil jóvenes, niños y padres de familia fueron derribados aquella tarde. Violaciones, humillaciones, tiros de gracia y cualquier método sanguinario y cruento fue empleado para deshacerse de aquellas personas que sólo querían ser escuchadas, que proponían, criticaban, estudiaban y deseaban vivir en un mejor país.

“Corrí hacia el edificio Ezequiel A. Chávez, donde habitaba la familia Fonseca, en cuyo departamento estaba mi madre. Me capturó. Golpeó a un granadero de forma sorpresiva. Un compañero se lanzó a los pies del represor, nos derribó a ambos, me gritó − ¡corre, corre! Y lo hice salvándome, llegando a lado de mi madre, en medio de un llanto incontenible, cubierto de sangre propia y de compañeros. Me había salvado de aquella orgía de sangre y horror.”

Así relata Don Cuauhtémoc la tragedia que vivió, la masacre que tuvo oportunidad de contar y de denunciar a lo largo de toda su vida.

Después de que me relatara aquel momento en la que su existencia pendió de un gatillo, el profesor asoma una mirada de nostalgia y enojo, no entiende cómo ese genocidio nunca fue esclarecido, no comprende que hoy, casi cincuenta años después, las matanzas estudiantiles se sigan perpetrando, no se explica cómo es que siguen brotando hemorragias espesas y desgarradoras de personas inquietas y ocupadas por mejorar una realidad gris y taciturna.

Antes de abordar el metro y despedirnos, el también poeta se muestra cansado, su camino a casa aún es largo, más allá de Ecatepec. El tiempo le ha enseñado que él vino a la tierra a denunciar, a señalar, a vituperar y a escupir toda la barbarie y toda la porquería y toda la mierda que corroe a este hermoso país.

“Por lo anterior, dos de octubre no se olvida, no debe existir ni perdón ni olvido. Por ello lo recordaré toda mi vida.”

Me alejo de la unidad habitacional de Tlatelolco, tengo en mi boca una de las paletas que el profesor vendía para aminorar el sabor amargo de la tragedia. Sigo mi camino, y recuerdo el estandarte de aquellos jóvenes que, como él, lucharon por un mejor presente y un próspero futuro:

“Si avanzo, sígueme. Si me detengo, empújame. Si te traiciono, mátame. Si me asesinan, véngame. ¡Hasta la victoria siempre!”

 

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