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Algunas de mis tías recuerdan con tierna nostalgia sus andanzas en el vetusto Crazy Horse, y cómo no, si gran parte de la progenie Lomas fue fraguada dentro de las paredes del  famoso establecimiento que hoy vive de la melancolía, pero que en sus tiempos era guarida de cientos de jóvenes laguneros deseosos de fiesta y alcohol y cortejos y baile, mucho baile.

En aquel tiempo, el Disc Jockey reproducía canciones del género disco, música detonante del movimiento alegórico y promotora de colosales peinados como de algodones de azúcar, pantalones asesinos que asfixiaban las piernas de los hombres y faldas diminutas que facilitaban la  fornicación sin necesidad de desvestirse.

Por uno u otro motivo, un viernes huérfano de agenda social fue utilizado por mi novia y por mí para visitar este lugar de tanta importancia para mi árbol genealógico. Sé que en tiempos recientes el Crazy Horse ha sido invariablemente invadido y azotado por la ola hipster que actualmente domina a los jóvenes de la ciudad. Quizá, por eso, supe que aún seguía abierto y en funciones. Total, llegamos a la solitaria calle Rodríguez y nos estacionamos sin mayor problema justo frente a nuestro destino. Caminamos con cierta incertidumbre hacia la puerta y nos recibió un canoso señor mal encarado frente a una caja registradora.

— Son 40 pesos de cover.

— ¿Por los dos? — Pregunté ingenuamente.

— Por cada uno. — Contestó el señor sin verme a los ojos.

— Qué frialdad. — Pensé.

Al escuchar tal blasfemia, quise aparentar cierta tranquilidad y con bestial soberbia abrí mi hambrienta cartera para depositar en la mano del primer filtro ochenta pesos, cantidad suficiente para que accediéramos a este túnel del tiempo.

Con más enojo que intriga por el despojo alevoso y a mano armada que resultó para mí el pago del cover, subimos unas escaleras que nos fueron llevando poco a poco a otro mundo y a otro tiempo. El lugar era incongruente; oscuro y brillante. Las tradicionales luces de disco que hoy más que nada son artefactos merecedores de un estante en el museo de antropología iluminaban la pista de baile. Puedo afirmar que a mis veinticinco años y después de haber visitado innumerables bares y centros nocturnos, nunca me había topado con algo así; pista de baile, espejos, luces robóticas y, por supuesto, cumbia.

Nos sentamos justo frente a la pista, en un sillón tapizado de un rojo ardiente. De inmediato un mesero se acercó y, después de tomar la orden, nos sirvió la primera tanda de cervezas que, increíblemente, son acompañadas de un vaso escarchado. Digo increíblemente porque en ningún lugar que he visitado en la Comarca Lagunera complementan la cerveza con un vaso escarchado con sal y limón, eso, para mí y para muchos, es una costumbre meramente chilanga.

He de confesar que mis dotes de bailarín se quedaron resguardadas en otra vida y en otra galaxia, mis pies presumen una torpeza que podría señalar una terrible falla neurológica. A pesar de eso y motivado por la cumbias que generalmente tampoco son de mi agrado, mi novia y yo nos levantamos del sillón y empezamos a pulir la pista con sendos pasos desparpajados y llenos de alegría.

Siempre he considerado que bailar conmigo es un acto que sólo alguien valiente podría hacer; pisotones, arritmias y descoordinaciones son mis principales armas en esta actividad. Aún así, he de aceptar que ese día algo pasó dentro de mí que nada me importó, sólo disfruté del momento y del lugar y de la compañía y eso, sin duda, es el éxito de cualquier anécdota.

Por otra parte, la mayoría de los asistentes eran personas que, con toda seguridad, puedo afirmar que estaban plenamente instaladas en el quinto piso de la vida. Por un momento pensé que quizás algunos de los novios de mis tías aún hacían presencia para conquistar a alguna solitaria fémina.

Los únicos jóvenes que nos divertíamos ahí éramos nosotros, y algunas mujeres que le hacían compañía a hombres sombrerudos mucho mayores que ellas y que con cierto tono irónico bailaban y marcaban las de los Chicos de Barrio con una lentitud que delataba los terribles problemas de cadera que los años les habían dejado.

Así, en medio de la muchedumbre y en el núcleo de la pista de baile, se apagó la música y todos nos fuimos a nuestros lugares, recuperamos líquidos con sendos y profundos tragos de cerveza y una nube de humo fue el preludio de la aparición de un charro que se adueñó del escenario por completo.

No sé qué pasó pero de pronto yo ya estaba coreando y cantando las célebres melodías de Vicente Fernández y de su hijo “el potrillo”, e incluso algunos temas de banda que fueron trasladados al mariachi.

El lugar me hizo suyo, me conquistó por su congruencia, por su exotismo, por su fachada de disco vieja, por su gente y por su estilo que ha perdurado a través del tiempo.

Hoy, que Torreón está lleno de lugares sin estilo, sin concepto y que son tan efímeros como un orgasmo, el Crazy Horse hace un homenaje a toda una generación que salía a bailar y a embriagarse y a buscar con quien pasar la velada,  recuerda que la noche es para vivirla despierto y que el día es para lamentar lo que sólo en la oscuridad nos atrevemos a hacer.

Así, al pasar la media noche, mi novia y yo nos fuimos con una sonrisa en el rostro. La fiesta fue memorable, las cervezas no transformaron la realidad, sólo la acompañaron y funcionaron como rehidratante por tanto baile.

Ahora entiendo porqué algunos de mis primos fueron producto de las relaciones que mis tías emprendieron en aquellas paredes. Su humor, su color, su esencia y su ambiente envuelven e hipnotizan a cualquiera.

Sólo me queda agradecer al Crazy Horse por aquella velada que me trasladó a otro tiempo y, sobre todo, por haberle regalado a mi familia gran parte de nuestro árbol genealógico.

 

 

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