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La Aldea y el Zócalo, una historia de discriminación

 

El pasado cinco de agosto terminó la aldea digital, un evento que promovió el uso de la tecnología para beneficiar y mejorar la calidad de vida de las personas. Entre otras cosas, el monolítico puesto que afincó la empresa del señor Slim presentó conferencias con personas importantes dentro del medio tecnológico como el Co – fundador de Apple Steve Wozniak, quien habló sobre su experiencia, su historia de éxito y sus actividades filantrópicas, también se llevaron a cabo talleres y asesorías para aprender a manejar un correo electrónico y hasta programación.

El concepto es atractivo, involucrar a la sociedad en la nueva era resulta relevante para seguir en la búsqueda del desarrollo en todos sus vértices, pero ¿Y el Zócalo? Ésa es la pregunta a responder.

El cielo azul adornado con algunas nubes delgadas y tenues, tenía ganas de combinarse con la colosal plancha del Zócalo capitalino para capturar la mejor fotografía, para que se entendiera que el asta bandera estaba cerca del cielo, cerca de la eternidad. Cientos de turistas, nacionales y extranjeros, llegaban con la misma ilusión, con la idea de absorber y respirar el aire colonial y barroco que traza historias y vidas y gritos y progreso y muertes y un sinfín de circunstancias que se han dado en aquel lugar.

El impacto visual que genera la Plaza de la Constitución al verla después de mucho tiempo o por primera vez, es como si de pronto una explosión hiciera añicos el tórax infranqueable de un escudero. La impresión es grata y conmovedora, sientes que el tiempo desde su edificación no ha transcurrido, que los segundos, los minutos y las horas toman otro significado, como si entraran a una dimensión anacrónica en la que todo se detiene y nada importara.

Desembarqué del metro Zócalo, y la decepción fue más grande que cuando una madre nota que su hijo quiere ser escritor; desoladora. Empotrada en toda la plenitud de la plancha, estaba la aldea digital, que si bien es un esfuerzo valioso e interesante, nunca entendí el motivo de su ubicación. Noté varios rostros desdibujados y tristes, sentía que en ése momento prefería ser ciego a ver cómo habían arruinado muchos paseos de vacacionistas que viajan a la ciudad con la ilusión de conocer el centro histórico y a su principal estandarte.

Me conformé y acepté la idea de soportar el coloso de lona y publicidad del rey de las telecomunicaciones con tal de que me prestaran una de las cientos de bicicletas que ponían al servicio de cualquiera que lo deseara, pero me volví a llevar una desagradable noticia. ¡Por no ser usuario Telmex no tenía derecho a ella! Entonces mi ingenuidad se esfumó y asumí que la Aldea digital era un evento de promoción y venta de productos de Telmex y todas sus subsidiarias por medio de la sana y desinteresada inversión por enseñar a la gente a convivir con la tecnología.

Caminé derrotado y asqueado por notar hasta dónde son capaces de llegar las autoridades capitalinas con tal de quedar bien con el magnate de las telecomunicaciones. Al señor Mancera no le importó que en épocas veraniegas la ciudad es visitada por miles de personas que tienen la intención de conocer ésa mágica parte de la ciudad, no pensó que el gigante puesto tecnológico lo pudo haber instalado en otro sitio y hubiese tenid
o el mismo éxito sin echar a perder la experiencia de conocer la magna Plaza de la Constitución. No le interesó que ese evento le estorbara a miles de jóvenes y ciudadanos que planeaban manifestaciones y reuniones culturales o simples caminatas alrededor del asta bandera. Concluí que en un país donde ordenan los poderosos, la gente es la que sale sobrando, la que es escupida, relamida, deglutida, vomitada y pisoteada.

La analogía perfecta para puntualizar la situación que vive cada año el Zócalo capitalino, es la de un blanco y un negro caminando por la misma banqueta durante el apartheid; el primero, lo ve de reojo, se asquea, y con repulsión y violencia denuncia al ser nauseabundo que camina cerca de él. El segundo, agacha la cabeza porque se  sabe inferior al sujeto blancuzco que alimenta su autoestima por el pálido y terrible color de su piel.

La Aldea llegó para desplazar años de historia, tradición y experiencias. Llegó con su inversión, con su propuesta y con la prepotencia de ser respaldada por uno de los hombres más ricos del mundo que, además, tiene todo el poder que veinte millones de capitalinos jamás podrían reunir.

Metí mis manos al bolsillo de mi pantalón y me sumergí a las profundidades del metro con la firme esperanza de reencontrarme con aquella plaza que no disfruté y que ahora sólo vive en fotografías y lejanos recuerdos.

Hoy, once de agosto, la aldea se ha ido, y, su servidor, se encuentra a más de mil kilómetros de distancia. Qué pena.

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