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De norteño a chilango y luego de chilango a norteño

Un norteño que sale de Torreón, la ciudad que es a la vez pueblo y es a la vez capital y es a la vez rancho, y a la vez hipster y a la vez de bota y de sombrero, y llega a la capital del país a tratar de conquistar el mundo se topa con la realidad de que no sólo el mundo no es conquistable, sino que es agresivo, sádico y malévolo.

Las cortinas de la estabilidad descienden al cabo de vivir una semana en la Ciudad de México, y al bajarse, dejan ver un montón de capitalistas acelerados por el café y por el cigarro y por los vive 100. Ya bien vivos salen a la calle y se suben metrobús y del metrobús al metro y del metro al bus para lograr todas sus encomiendas del día sin que se les vaya ni un segundo de productividad.

Con esa nueva escena, los sueños poco a poco se esfuman como si la contaminación y la lluvia ácida los derritieran de tal forma que la luz y la motivación que emanaba de las metas se trastorna y se convierte en una película extraña de Luis Buñuel. La expectativa de André Bretón era cierta cuando dijo que México es el país más surreal del mundo. Y es que, en un instante de realidad excéntrica es que uno pierde la bondad de ser nórdico y rápido expande su mente hacia la chilangués, el tono ranchero se despedaza dando lugar al cantadito y los hábitos tranquilos y cotidianos de Torreón Coahuila se vuelven en espontaneidades sin razón y sin planificación que indefinidamente fuerzan un estilo de vida donde no caben lo errores ni los lugares comunes ni la falta de valor y voluntad.

Ciudad de México es el lugar donde la inocencia se pierde y donde el pudor es sólo un valor olvidado. Y conforme se vive allí, estos principios se vuelven comprensibles y poco a poco se mezclan con la piel de uno y se vuelven, sin poderlo evitar, parte del que ya no es norteño. La razón que justifica tal metamorfosis, para mí, fue bastante simple: el número incalculable de personas.

En Torreón, las personas se pueden contar con un ábaco y por un niño de primaria, en Ciudad de México, las debe contar un doctor en contaduría y con Aspel-COI. Esto significa que el mexicano torreonense se ve involucrado con una cantidad más chiquita de ojos, ojos que juzgan y que calumnian los actos anormales de todos sus conocidos, la vergüenza en la ciudad de Torreón se magnifica ante el círculo tan cerrado de sujetos. Por otro lado, el mexicano capitalense no tiene problema sacando sus demonios del infierno, sus trapitos al sol, porque hay tantísima gente en la Ciudad, de tantísimos lados y con tantísima variedad que ya juzgar a alguien es irrelevante teniendo en cuenta que nunca en la vida vas a volver a toparte con esa persona o personas.

Éste fenómeno provoca el salto social tan drástico de un lugar a otro, provoca que la capital sea más competitiva, provoca que ninguno de sus ciudadanos esté perdiendo el tiempo en nimiedades como ir al cine todo el día o como tomar cerveza desde las dos de la tarde hasta las dos de la tarde del otro día, provoca que  no se permita pasar todo el domingo en Galerías Laguna ni paseándose con todo gusto por Lerdo y sus nieves. El capitalense utiliza cada segundo de su tiempo libre para ejercer otra profesión, otro proyecto, para aprovechar cada milésima y que ninguna idea productiva se pierda en el limbo de lo que nunca hice en la vida; por eso vende cualquier cosa, todo el tiempo ejerce el negocio y ninguna palabra de las que suelta al aire carece de sentido. Desde el más pequeño hasta el más anciano aceleran su vida con tal de sacar lo mejor de ella, se exprimen las actividades y se esclavizan las horas para tener éxito, porque, por supuesto, en la Ciudad de México, el éxito es lo más importante que puede haber.

Volver de ese imperio de emociones, regresar a la ciudad donde el aire se detiene en una esquina a tomar el café y a descansar los pies y la cabeza del calorón es, otra vez, impactante, porque el masivo suplemento diario de cometidos se reduce a una comunidad donde lo más importante son dos cosas: el trabajo y la familia. La rutina inunda las calles de Torreón como si fuera arena y todo se tranquiliza hasta que se vuelve insoportable la sensación de volver a caer en la estabilidad.

Torreón y Ciudad de México: un contraste que todo paisano debería de considerar, un contraste que a mi parecer ese necesario para quitarse las anteojeras del rostro y empezar a ver el panorama inacabable que existe sobre la existencia, la inmensidad de luz y de oscuridad y de extrañeza, de bondad y de maldad, de extravaganci a, de belleza y fealdad, de riqueza y de pobreza, de impunidad y de valentía. El ser humano es infinito y negarse a conocer esa esencia es inaceptable para el crecimiento personal.

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