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La tierra del asfalto y la laguna que se aferra a sobrevivir

Dicen que, de viajar en autobús, es mejor hacerlo en uno ejecutivo para que el trasero no muera asfixiado. ¡Mentira! Trece horas de camino son un calvario superior al que sufrió el rey de los cristianos; el cuello se tuerce, los pies se hinchan y el camino luce interminable y sombrío.

La ruptura entre la realidad lagunera y capitalina es grotesca. El ambiente grisáceo, los marchantes implorando ventas, el tumultuoso paisaje repleto de cabezas chaparras compitiendo por pasar entre algún ínfimo resquicio, como si todo fuese una competencia maratónica e interminable, el terrible y constante golpeteo entre hombros, brazos, piernas y cualquier parte del cuerpo para poder continuar el camino. Todo, todo aquí es una competencia. Si las drogas fueran legales, sin duda en cada puesto de periódicos venderían al menos unos buenos gramos de crack o coca o mota o ácido o cualquier cosa que ayudara a menguar la sofocante presión que significa habitar en una de las ciudades más pobladas del mundo.

Tan ridícula es la competencia que un hombre casi me convence para comprarle veinte curitas con antiséptico, color piel, a cinco pesos. Luego recordé que mis bolsillos tienen tanta hambre que se atragantan con bolas de pelusa y envolturas de chicles y el impulso capitalista, promotor del consumo, se esfumó como el aire limpio en esta ciudad.
Por otra parte, hablaré de dónde vengo, de la comarca lagunera. Increíble la diferencia entre aquella sociedad norteña y la capitalina. Allá el tiempo se detiene, el caminar es tan cortés que un pie le pide permiso al otro para seguir su andar. El calor derrite cualquier diminuto atisbo de proactividad. La tierra empaña la vista y la vida resulta monótona y gris como las nubes que guarecen mi cráneo en este momento.

En Torreón, paradójicamente, la vida, aunque se lea contradictorio, no es tan diferente como parece. Allá también hay una desigualdad social corrosiva y nauseabunda, una corrupción desperdigada por todos sus ríos secos, baches profundos, obras vanidosas e innecesarias y, sobretodo, en algunas personas que perciben la vida como una oportunidad para conseguir todos los bienes materiales posibles sin importar el medio por el cual sean obtenidos.

Se podría decir que Torreón y la Neo Ciudad de México son como dos mujeres; ambas rudas, obstinadas, complicadas, sensibles, quejumbrosas y eso, para cualquier sujeto como yo que osa de relatar historias, significa que buscaré hacerlas mías, que me amen y me odien a la vez, que escupan cada vez que me recuerden pero que al menos sepan que mi reciente recorrido para visitar a este coloso de cemento, será para conquistarlo y ponerlo en mi vitrina donde algún día también estará Torreón, mi segunda tierra.

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