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Sábado de cuentos: Presagio en el viejo oeste

Allá por mil ochocientos cuarenta, Búho plateado, el más sabio de los amerindios despertó a correr a través de los tipis (teepees) hasta llegar a la piel de caribú más ancha de los dormitorios.

Dicho en subtítulos, Búho Plateado habló- ¡Águila Cabezona!, despierte señor, soñé con la muchacha otra vez, la del vestido blanco manchado y moretones en el cuello -Apenas somnoliento, el Jefe de la tribu contestó-. ¿Y qué le dijo ahora el espíritu de nuestras tierras? -Pidió ayuda inmediata señor, me enseñó a los usurpadores muertos y con flechas en sus pechos, me dijo que fuéramos enseguida -Andemos pues viejo amigo, que esos canallas no se van a matar solos.

Las mandolinas, las armónicas y los violines ambientaban el festejo de John Williams, apenas hecho hombre de dieciséis años. Como tal, yacía borracho de whisky en el establo del pueblo, estaba acostado boca abajo sobre el caballo de la familia Hermann, lo abrazaba por ser el más bello corcel. Pronto entró una muchacha de veinte años, tocándose la falda y desmarañándose el cabello, coqueta y al grano, contrajo besos con el cumpleañero, quien se bajó del animal para aprovechar el piso del establo. Aquellos incomodaron al equino, quien hizo bien en salirse para dejarlos solos, lo indebido fue que se fuera galopando porque terminó por avisar a todos que había alguien desvirgándose entre los marranos y las gallinas.

Mary Hermann era la mujer que gozaba de la inocencia de John, y también era la mujer de Frank The Vein Hermann, el hombre más violento del condado. La Vena entró al establo con las botas al frente y soltó un rugido de furia, una vena verde como serpiente y venenosa como tal le palpitaba arriba del entrecejo -Te reto a un duelo John Williams -le dijo con la profundidad que sólo la muerte consigue-, cuando la noche termine y el sol estrene los rayos del sábado, estarás sangrando en la arena maldito desgraciado -Mary lloriqueaba encima del heno, y al hacerse la declaración, ella corrió a su alcoba esquivando a los pueblerinos, no salió hasta el día siguiente.

El joven Williams no tenía opción más que aceptar el desdichado desenlace de su cumpleaños. Propuestas de esas eran comunes en aquellos días y un reto así era irrefutable una vez hecho hombre. El pueblo entero hablaba sobre lo ocurrido y para cuando llegaron las primeras luces del nuevo día, hubo dos bandos, aquellos que apoyaban al inocuo John y los que seguían, por miedo, a La Vena Hermann.

Ambos contendientes se acomodaron a distancia considerable y ambos jugueteaban ya con las manos, pretendiendo que iban a desenfundar en cualquier instante.

-¡No! -Gritó una mujer con los decibeles de madre destruida. La progenitora de John había saltado a la contienda y osado apuntar a La Vena.

Por la violación al duelo, entró Elizabeth, la hermana de Frank, luego Margaret intercedió por la madre de John. Después de unos minutos y con el amanecer naranja detrás, todo el pueblo estaba en la arena apuntándole a alguien contrario. Hasta la fecha, nadie sabe quién fue el primero que disparó.

Los indios entraron apurados y sedientos de venganza al pueblo, al ver a todos muertos, alzaron las miradas para verse entre ellos la decepción en los ojos. Sin decirse nada bruscamente clavaron una flecha en cada uno de los cuerpos -Para que piensen que fuimos nosotros -dijo Águila Cabezona.

Ya cuando se iban, un hermoso corcel cabalgaba hacia ellos, y con él, venía arrastrando una mujer. Era Mary Hermann en un vestido blanco y llevaba una riata en el cuello.

Búho Plateado la reconoció.

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