Portada Reportaje

La calle fría y almidonada era el hogar de una rata que le gustaba comerse la mugre afincada entre los dedos de los indigentes que compartían su acera. Cuando el sol asomaba su quemante rayo, la rata se guarecía debajo de la mierda que no parecía mierda porque provenía de intestinos hambrientos y vacíos como la noche. Lo único que alcanzaba a ver eran zapatos pasando en la luz y en la oscuridad. Había momentos en que la lluvia no era agua, sino chicles, condones usados, envolturas y escupitajos, muchos escupitajos. Nadie jamás pensó que una miserable rata viviera luchando contra las pisadas de gigantes invasores de su territorio y lluvias brutales capaces de aplastar y denigrar su existencia.

Con una realidad miserable y merecedora a ganar un certamen para depresivos, el roedor luchó como nadie jamás había luchado; fue perseguido, rociado con venenos penetrantes, pateado, invadido y rechazado por todo aquel ser viviente que lo rodeara.

  • ¿Por qué no me dejan en paz? Le preguntó a una garrapata que babeaba por su sangre.
  • No sé, eres tan dulce y corriente que cualquiera se deleita al despreciarte.

Contestó.

  • Yo sólo vivo para huir y esconderme de quienes me consideran una plaga. A veces, con suerte, puedo escarbar bajo los pies de unos pobres gigantes inconscientes por algo que beben y me deleito con su olor y su sabor y la textura de la mugre en sus dedos y uñas.
  • Por eso causas asco y repulsión.

Dijo la garrapata.

 — Eres gris, hueles mal, tus ojos asustan, tu movilidad levanta nervios y expectación y detonas todo aquello que los gigantes reprimen y entierran hasta lo más profundo de sus vísceras.

Continuó la garrapata con una sabiduría que dejó pasmada a la rata.

  • ¿Y qué hago para que me acepten?
  • Nada, no puedes hacer nada. Resígnate, sigue huyendo, regodéate en la mierda que te cobija en las noches. Sacia tu hambre con toda la porquería que te rodea y batalla cada día para que no mueras aplastada y para que tu entierro no se lleve a cabo en algún basurero que ansía con ser hogar de quienes jamás son aceptados.

Era increíble cómo se expresaba la garrapata, cómo veía a través de los ojos rojos e inquietantes de una rata nerviosa y deprimida.

  • No es justo ser una rata, no es justo ser despreciable y nauseabundo para todos. He vivido bajo el abrazo de la noche toda mi vida. Mi madre me botó porque nunca fui tan intrépido y astuto como mis hermanos. Viví mucho tiempo en una calle en donde, a pesar de que me debía proteger de las pisadas y las lluvias mortales, podía lamer y comer cuanta porquería me topara. Hoy ya no sé qué hacer. Los gigantes que, a mi parecer, son más detestables y corrientes y grotescos que yo, ya me persiguen. Siento hambre, siento soledad, siento tristeza y siento que, al compartir esto contigo, vil garrapata, entiendo que a partir de esta noche ya no valgo nada.

Habló la rata con una elocuencia nunca antes vista.

La garrapata la vio con una delicadeza sutil y fraterna. Se acercó con un paso lerdo pero seguro y la miró directamente a aquellos ojos colorados y atestados de resignación.

  • Querida rata, no había tenido la oportunidad de conocerte, siento que tienes razón, tu vida es miserable, tu existencia fue inoportuna y no tienes ningún arma para cambiar la percepción que hay de ti. Yo también soy asquerosa, transmito enfermedades, sació mi hambre con sangre ajena y cuando nos aplastan explotamos con todo el belicismo que pueda agregarse a ese sufrimiento. La diferencia es que yo acepto lo que soy y me divierte ir de animal en animal y esquivar venenos y las terribles suelas de las que tú huyes. Por eso te tengo una propuesta que no podrás rechazar.

La rata prestaba atención como lo hace un matemático ante un problema. Sus costillas se marcaban terriblemente. Era un fósil de cola larga y ojos rojos.

  • Quiero que me dejes montarte para succionar todo lo que te queda de vida. Quiero hacer de tu desenlace algo más poético para que se recuerde a través de los años y por todas las alcantarillas de este territorio.

Dijo la garrapata.

La rata no alcanzó a responder cuando ya le succionaban su sangre. La garrapata estaba tan hambrienta que comenzó a inflarse con una velocidad inquietante. Al ser exprimida, la rata empezó a vencerse y sus patas cayeron al suelo. El cuerpo oscuro y corrosivo de aquel insecto se iba haciendo cada vez más grande y, como recordando a Romeo y Julieta, la rata murió y dio sentido a su vida al quitarle el hambre a la garrapata que fue dominada por su ambición hasta que su cuerpo explotó e hizo brotar toda la sangre y toda la mugre y toda la esencia del roedor más repugnante que había muerto con la tranquilidad de haber ayudado a un insecto que despreció y desapareció por su temible sed de sangre impoluta.

En honor a esta historia, cada medio año pasa un gigante con una delgada manguera a rociar aquel rincón en el que se enfrascaron en una discusión que las llevó al olvido. Nunca más se volvieron a ver algunos de estos especímenes por aquel lugar.

 

 

 

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