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Sanadoras: La Caldería

El lugar es misterioso, por su innumerable cantidad de cuartos y de escalones. Me cautiva porque aunque estoy comiéndome un caldo que a mi paladar encanta, mis ojos se preguntan qué hay detrás de la paredes y encima de los techos de cada habitación. Se emana cultura en ese sitio, y no tanto por el lugar en sí, sino por las personas que van, por el decorado que se le ha suscitado, por el olor, por las pláticas y por lo relatos que se cuentan allí.

Sanadoras La Calderia es una modelo, y te camina por la pasarela de Fray Servando como la dama casta que es, te seduce y te invita a que huelas su olor a hogar. Porque a pesar de ser bella e independiente como ninguna otra de su especie, ella es también casera y de mandil, es bondadosa y no puede evitar acelerarte el corazón cuando la ves luciendo su ropaje inédito y fastuoso.

Cuando uno como comensal llega, y también como simple extraño que va para pedir la hora o para saber hacia dónde queda el zócalo; es bombardeado de saludos amistosos y bienvenidas sinceras que invitan a quedarte toda la lluvia. No exagero, sólo tienes que pisar uno de sus mosaicos para ser ya parte de la familia. Es el lugar donde sin preguntarte quién eres o de dónde vienes, te acogen en los brazos entendidos de quien ve las almas y no los aspectos ni  la cantidad de presupuesto en tu bolsillo.

Sitio de grandes artistas, acuden Quijotes, Buñueles, Dalís y Kahlos; todos y todas se inspiran y salen de allí con el arte en las manos y con las pilas de inspiración recargadas. No engaño, así es de sacro el punto,  y seguramente aquel que me desmienta tendrá que decir algo todavía  más bello para quitar mis palabras de en medio asegurando que todo lo dicho y lo que se va a decir no se compara con lo que de verdad es.

Debería uno, cuando vaya, no dejar de admirar la cocina. Y es que se pensaría que el misterio de cómo hacen el sabor tan agraciado se pudiera perder en la visita, pero les prometo que aun así, viendo sencillamente que son sólo sartenes, estufas y cafeteras, queda sin respuesta al enigma. Sólo si eres bien curioso, vas a preguntar entonces: dónde está la magia, de dónde diablos sale el sabor a edén que embellece la comida.

Pues de las manos virtuosas, querido fisgón, obvio; y del corazón mezclado con el placer de trabajar para alimentar. Suena a que una abuela amorosa es quien cocina, ¿no? Bueno, es así, me es deleite contarte que estando en Sanadoras, estás en casa de la abuela. Ven, siéntate y sírvete como para llenarte y como para ofrecerte más hasta que me asegures que no te vas a ir a trabajar con la panza vacía.

Así es, la abuela, que son todas ellas, las Sanadoras que cocinan, ellas crean el sobresaliente tinte, el interminable sazón y el apacible aroma de sus platillos, de sus tortillas y de sus postres. No te sorprenda que quieras volver, o que más bien no te quieras ir, mejor déjate llevar y visita constantemente el lugar, no sólo para maravillarte otra vez con la caldería, quédate a ver sus otros encantos culturales, talleres y dulzuras de eventos.

Sanadoras no es sólo un lugar de sabor sibarita, es mucho más que todo ello. Es un terreno opacado de espiritualidad y convivencia exquisita. Te saliva la boca, te salivan los ojos y te saliva el alma por querer regresar a tal espectáculo de sensaciones. Sean gratos clientes, y entiendan lo que digo, seguramente al salir tendrán ganas de escribir sobre Sanadoras, como yo, que me encanto las manos con la prosa que les dedico a mis grandes amigos y a esas inolvidables paredes.

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